Caminante, no hay camino,se hace camino al andar.Antonio Machado.
Dr. Juan FedericoZuñiga Ramírez.
En una de esas extrañas tardes, el autobús se acerca a la curva de La Pera, camino a Cuernavaca; por la ventanilla, los pinos desfilan como una escritura que no alcanzo a leer, mientras entre sus copas el cielo abre una página azul, una llamada del infinito. El cristal tiembla, la carretera se dobla y mi reflejo se mezcla con las montañas; entonces imagino unas alas: no las de un ave, sino las de un muchacho que confundió la inmensidad con una promesa.
En Creta, Dédalo y su hijo Ícaro permanecían retenidos por el rey Minos: la tierra y el mar tenían dueño, pero el aire parecía la única puerta sin cerrojo. El artesano reunió plumas, las ordenó y las sujetó con cera: dos pares de alas, una salida hecha de ingenio y fragilidad. Imagino sus manos ajustando el plumaje sobre los hombros de Ícaro mientras, antes de partir, le enseñaba a volar y le pedía una altura intermedia: cerca del agua, la humedad pesaría sobre las plumas; cerca del sol, la cera perdería su firmeza. No le negaba el cielo: le mostraba cómo atravesarlo.
Al principio, Ícaro siguió a su padre mientras Creta se iba haciendo pequeña y el mar desplegaba debajo su vasta respiración. Maravillado, ascendió: el consejo quedó lejos y el cielo ofreció otro peldaño. Pero el sol ablandó la cera y las alas comenzaron a deshacerse, pluma a pluma, como una palabra que pierde sus letras. Ícaro agitó los brazos; buscaba el cielo donde solo había aire. Por un instante quedó entre dos inmensidades; después, la altura se volvió caída. Las plumas descendían más despacio, ajenas al peso del sueño, mientras el mar se abría y se cerraba sobre él; quedaron pequeños restos blancos de lo que había sido un vuelo.
Dédalo lo buscó entre las olas, donde cada pluma prolongaba una pregunta sin respuesta. Ovidio cuenta esta pérdida: el inventor pudo construir unas alas, pero no devolverle el vuelo a su hijo. A veces podemos acompañar a quienes amamos, pero no decidir por ellos.
El autobús entra en la curva y mi cuerpo acompaña el camino, mientras pienso que reducir a Ícaro a la desobediencia deja fuera su hambre de horizonte: quería salir del encierro, descubrir una vida propia. Me reconozco en esa tensión: mi conflicto no consiste en desear libertad, sino en creer que la libertad no necesita orillas.
El ascenso puede leerse mediante la inflación del yo: identificarse con una imagen de poder y olvidar la propia medida, como refiere Jung. Ícaro toma unas alas que funcionan por una promesa de invulnerabilidad; también nosotros, después de un logro, podemos dejar de escuchar el cansancio o la necesidad de ayuda. La confianza se vuelve exceso cuando una capacidad concreta pretende ocupar todo el cielo; buscar la individuación no equivale a sentirse ilimitado, sino a reconocer lo que somos sin negar nuestra vulnerabilidad.
Pero las alas también son creatividad: una posibilidad nacida donde parecía haber solo encierro. El encuentro entre el mundo interior y la realidad compartida puede dar forma al deseo y sentido a la existencia; la cera, por su parte, recuerda su condición vulnerable: imaginar otra vida no basta, pues hace falta cuidar los materiales y los apoyos que la sostienen.
La advertencia de Dédalo puede escucharse como cuidado, no como prohibición de crecer: el límite no siempre clausura el horizonte; a veces permite alcanzarlo. Quien comienza necesita instrucciones, experiencia gradual y compañía. La tragedia no condena los sueños: pregunta qué sucede cuando el entusiasmo deja de reconocer aquello que hace posible el viaje.
La Pera queda atrás; el cielo vuelve a abrirse entre los árboles y las alas imaginadas se desvanecen en el cristal. Comprendo que no necesito renunciar a la altura, sino reconocer mi cera: el cansancio, las dudas, la necesidad de otros.
Camino a Cuernavaca, Ícaro deja de ser una sentencia contra los sueños y se transforma en una pregunta que viaja conmigo: ¿cómo subir sin abandonar lo que nos sostiene? Quizá madurar sea conservar el deseo de cielo y aprender el cuidado de las alas.
Bibliografía
Jung, C. G. (2009). Las relaciones entre el yo y el inconsciente (J. Balderrama, trad.). Paidós.
Ovidio. (1995). Metamorfosis (C. Álvarez y R. M. Iglesias, trads.). Cátedra.

