“Donde no hay esperanza, es menester inventarla”.
Albert Camus.
Por: Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez
Estaba sentado en el centro de Cuernavaca cuando vi el monumento a Pacheco Villalobos. Siempre me pareció que aquella figura estaba de pie dentro de una especie de caja, como si custodiara un secreto. Detrás, el Palacio de Cortés se levantaba como un castillo hermoso, semejante a una caja fuerte que guardaba algo que jamás debería abrirse. Entonces, entre el rumor de las palomas, el brillo húmedo de las bancas, el perfume de las flores y las notas de café, pensé que los mitos no pertenecen del todo al pasado: están vivos y son eternos. A veces se sientan silenciosa y discretamente a nuestro lado, en una plaza pública, y esperan a que una pregunta los despierte: ¿por qué abrimos aquello que sabemos peligroso?, ¿por qué la curiosidad nos atrae incluso cuando presiente una pérdida?, ¿por qué la esperanza permanece cuando todo parece haberse derramado?
En el origen, Prometeo robó el fuego del Olimpo y lo entregó a los seres humanos. Ese fuego simbolizaba la inteligencia y la posibilidad de transformar el mundo. Zeus, al ver que la humanidad había recibido un poder tan grande, decidió castigarla con un regalo hermoso y peligroso: Pandora.
Zeus ordenó a Hefesto modelarla con tierra y agua. Después, cada dios le dio un don: Atenea le concedió destreza; Afrodita, belleza y encanto; Hermes, palabras persuasivas, astucia y una mente inquieta. Por eso fue llamada Pandora, “la de todos los dones”. Pero su don más peligroso fue la curiosidad: el deseo de saber, incluso cuando saber puede herir.
Zeus la presentó como regalo a Epimeteo, hermano de Prometeo. Prometeo le había advertido que no aceptara nada de los dioses, pero Epimeteo, cuyo nombre significa “el que piensa después”, quedó cautivado por Pandora y la tomó como esposa. Allí se enfrentaron dos fuerzas: la prudencia que prevé y el deseo que comprende demasiado tarde.
Como regalo de bodas, Zeus entregó a Pandora una caja cerrada con un listón y le advirtió que no debía abrirla. Día tras día, ella la miraba e imaginaba sus secretos. Entonces, la prohibición aumentaba su inquietud: cuanto más se le negaba mirar, más crecía el deseo de conocer.
Un día, cuando Epimeteo salió, Pandora no pudo resistir más, desató el listón y levantó la tapa, en ese instante escapó una nube oscura: de ella salieron la enfermedad, la vejez, la locura, el vicio, la discordia, la pobreza, el crimen, la guerra, el dolor y la muerte. El mundo dejó de ser inocente.
Pandora intentó cerrar la caja, pero los males ya se habían dispersado. Lloró al comprender lo ocurrido y Epimeteo lloró con ella por la inocencia perdida. Sin embargo, desde el fondo del recipiente escucharon un sonido leve. Al abrirlo de nuevo, encontraron una criatura pequeña, luminosa y frágil, semejante a una mariposa: la esperanza.
La esperanza salió volando y tocó los corazones humanos, no borró el sufrimiento, pero les dio fuerza para enfrentarlo. Al abrir la caja, trajo dolor al mundo, pero también reveló aquello que permite seguir viviendo cuando todo parece perdido.
Al dejar atrás la banca frente al Palacio de Cortés, comprendí que la caja de Pandora no es sólo un objeto antiguo ni una frase popular: es una imagen de la vida. Todos recibimos dones, inteligencia, deseo, palabra, belleza, memoria e imaginación, pero dentro de esos mismos dones puede esconderse también la posibilidad del error, el exceso y el sufrimiento. Pandora nos recuerda que abrirse es inevitable: vivir es abrirse, conocer, equivocarse y perder la inocencia. Y aun así, en el fondo de todo, permanece una forma mínima de esperanza.
Bibliografía
Hesíodo. Teogonía; Trabajos y días; Escudo; Certamen. Traducción de Adelaida Martín Sánchez y María Ángeles Martín Sánchez. Madrid: Alianza Editorial, 2013.
Vernant, Jean-Pierre. El universo, los dioses, los hombres. El relato de los mitos griegos. Traducción de Joaquín Jordá. Barcelona: Anagrama, varias ediciones.

