Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo
Nunca habíamos tanta información y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil convencernos de que ya sabemos suficiente sobre algún tema. Basta un par de videos, un hilo en X o una serie de publicaciones en cualquier red social para que miles de personas se sientan listas para emitir un juicio definitivo acerca de algo. La velocidad con la que hoy circula la información es también la una velocidad para dictar sentencias.
Por supuesto, las personas tienen derecho a opinar. Una democracia necesita ciudadanos(as) que participen en el debate público. Pero cada vez más, la opinión deja de ser el resultado de una búsqueda de conocimiento para convertirse en su simulación. Detenerse a investigar, dudar o admitir que aun no tenemos suficiente información, representa hoy una señal de debilidad (cuando en realidad constituye la base del pensamiento crítico).
Muchas personas confunden “investigar” con consumir decenas de publicaciones sobre un mismo asunto y con un mismo enfoque. Sin embargo, lo que observan no es una muestra representativa ni imparcial de la realidad, sino una selección realizada por algoritmos que aprenden de sus preferencias. Cada clic, cada «me gusta» y cada segundo de atención alimentan un sistema que devuelve más de lo mismo. El famoso algoritmo no busca ampliar nuestra información, solo busca mantenernos conectados(as). Cada vez más gente sabe esto y aun así confía en su burbuja.
El jurista norteamericano Cass Sunstein señaló que las democracias se ponen en riesgo cuando la ciudadanía dejan de exponerse a puntos de vista diversos. Las llamadas “cámaras de resonancia” no solo refuerzan nuestras creencias, sino algo peor, las radicalizan. Cuanto escuchamos argumentos iguales a lo que creemos, más nos convencemos de tener razón. Salir de esa burbuja es sencillo desde el punto de vista técnico, pero complicado desde el punto de vista cultural. Basta con hacer búsquedas intencionales, consultar fuentes distintas o leer información que ponga en jaque nuestras creencias. El esfuerzo material es mínimo: escribir unas palabras y abrir algunos enlaces; cosa de un par de minutos al día. En cambio, el esfuerzo intelectual es grande. Al respecto, el psicólogo Daniel Kahneman mostró que pensar con detenimiento requiere activar un modo de razonamiento más lento, reflexivo y exigente, o sea, evitar las respuestas automáticas, o sea, silencio intermitente y caminar pausado. Pero las redes sociales están diseñadas para premiar justo lo contrario: la reacción inmediata y el consumo constante a partir del «scrolleo».
La consecuencia: nos urge opinar; pero no solo eso, nos urge juzgar. Las redes sociales funcionan cada vez más como una plaza pública donde se presentan acusaciones, se seleccionan (bueno, el algoritmo las selecciona) pruebas y se dictan sentencias en cuestión de minutos. Siglos de construcción jurídica buscaron lo contrario: sustituir el rumor por la evidencia, el linchamiento por el debido proceso y la emoción colectiva por una justicia más imparcial. El filósofo Jürgen Habermas pensó la esfera pública como un espacio donde la ciudadanía debatiera mediante ideas y evidencias, y donde estuviera dispuesta a modificar su pensamiento en favor de los mejores argumentos. Esa disposición a escuchar y cambiar era el fundamento de la democracia.
Hay que decir que nada de esto ocurrió por casualidad. La desconfianza hacia las instituciones de justicia tiene bases reales. Frente a las fallas sistemáticas de las autoridades, la denuncia pública se convirtió en uno de los pocos recursos para exigir atención… pero eso no significa que la multitud pueda sustituir a la justicia. También hay que reconocer que usuarios(as) polarizados y confrontados entre sí le dan vida a las redes sociales, pues pasan más tiempo en ellas, consumiendo y repitiendo. Así mismo, hay que aceptar que en esta “plaza pública” la justicia suele ser una linda fachada de otros deseos: venganza, castigo, borrado, silenciamiento. Esta plaza pública está volviendo a quemar brujas.

