Por Dr. Ãngel Darién Zapata MarÃn
Entre escándalos y realidades, una semana más se enmarca en la vida pública del paÃs. Mientras el debate nacional se distrae —o se indigna— por episodios como el del salón de belleza en el Senado y otras notas de coyuntura que dominaron titulares y mesas de opinión -como la polémica sobre los zapatos-, el pulso profundo de México continúa avanzando, con tensiones que van mucho más allá de la anécdota polÃtica.
Atrás quedan Davos, los tamales y los discursos cuidadosamente diseñados para el foro internacional, donde se prometen diversos “logros†-aunque en esta ocasión enmarcado con diversos discursos disruptivos-. El contraste entre el discurso global (de progresos) y la realidad doméstica no es menor: una vez más, el escaparate internacional sirve para proyectar una imagen que, al volver a casa, se topa con problemas no resueltos.
En ese mismo contexto se conmemora un nuevo aniversario de la Constitución, con las ya tradicionales reuniones entre los Poderes de la Unión y diversos actores polÃticos. Poco queda por decir de una celebración ampliamente comentada, analizada y, en muchos casos, ritualizada. La fecha, más que una pausa reflexiva, parece convertirse en un ejercicio de forma, donde el fondo constitucional —el respeto efectivo al marco jurÃdico— sigue siendo una deuda pendiente como denuncian diversos juristas.
Paradójicamente, el calendario nos acerca también a dÃas asociados con el amor, la unión y la reconciliación. Sin embargo, el ambiente nacional dista de ser romántico. La realidad impone su propio tono, más áspero y complejo, como lo demuestra la reciente detención del alcalde de Tequila. Si bien esta acción debe reconocerse como un esfuerzo institucional por hacer cumplir la ley, también deja al descubierto dos problemas de fondo que no pueden ignorarse.
El primero es el alcance real de la delincuencia organizada en la actividad polÃtica del paÃs, infiltrada a distintos niveles del poder público. El segundo es el mensaje polÃtico que se envÃa: las relaciones de tolerancia, omisión o “amor polÃtico†con perfiles ligados a estas problemáticas parecen ya no ser aceptables bajo el mismo esquema que en el sexenio anterior. Y no es casual. La potencia del norte tiene demandas claras y crecientes en materia de seguridad, legalidad y combate frontal a estos vÃnculos, presionando para que los compromisos no se queden en el discurso.
A nivel local, el Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca (SAPAC) anuncia diversos recortes en el suministro de agua por obras, sin embargo en algunos ciudadanos nos reavivan la memoria colectiva de meses enteros sin servicio en diversas colonias, derivados en su momento de la falta de pago de energÃa eléctrica. Todo ello, mientras los usuarios enfrentan cobros puntuales, recargos e incluso amenazas administrativas.
La contradicción es evidente y profundamente preocupante: la precariedad operativa del organismo contrasta con la importancia vital del servicio que presta. Resulta irónico que en los recibos se haga constante alusión a una campaña contra la “corrupciónâ€, cuando en la práctica persisten señalamientos sobre consumos “estimados†o cifras que no corresponden a la realidad del suministro -cabrÃa preguntarse sino se opera en muchos casos bajo un esquema meramente recaudador y fraudulento-. La narrativa institucional choca de frente con la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
Quizá, en medio de esta cuesta de enero prolongada, el único respiro posible sea el que provenga de los vÃnculos personales: el amor de pareja, el afecto familiar, la solidaridad filial y la fraternidad al compartir el pan y la sal mientras se ve el deporte de su preferencia -super bowl, futbol, entre otros-. No como evasión, sino como refugio frente a un inicio de año que se muestra poco indulgente con el paÃs y, en muchos sentidos, con el mundo entero, pues mientras el discurso se habla de “progresoâ€, la vida cotidiana las desmiente con servicios deficientes, instituciones debilitadas y decisiones que privilegian la forma sobre el fondo. El paÃs no requiere más ceremonias, eslóganes ni escándalos pasajeros; exige congruencia, responsabilidad y una voluntad auténtica de corregir los rezagos estructurales que continúan heredándose sin solución.

