Por Dr. Angel Darien Zapata MarÃn
En México, el DÃa de Muertos es una celebración profundamente arraigada en nuestra cultura, una fecha en la que honramos a quienes han partido, recordando sus vidas con amor, color y tradición. Es un momento para reencontrarnos con nuestros seres queridos a través de altares, flores de cempasúchil, velas y pan de muerto. Sin embargo, este año, la conmemoración se tiñe de luto por las recientes pérdidas que han sacudido al paÃs.
La muerte del doctor Juan Salgado Brito, secretario de Gobierno de Morelos, dejó un vacÃo en la vida pública del estado. Hombre de convicciones firmes, defensor de la justicia social y del diálogo, su partida representa no solo el fin de una trayectoria polÃtica, sino también un recordatorio de la fragilidad de la vida, incluso para quienes dedican su existencia al servicio público.
Por otro lado, el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo RodrÃguez, durante una celebración del DÃa de Muertos, nos confronta con una realidad dolorosa: en México, la muerte no descansa. Ni siquiera en los dÃas destinados a honrarla. Manzo, conocido por su lucha frontal contra el crimen organizado, fue abatido en un acto público, frente a su comunidad, en un evento que debÃa ser sÃmbolo de paz y memoria.
Estos hechos nos obligan a reflexionar sobre el clima de inseguridad que persiste en nuestro paÃs. La violencia no respeta fechas, cargos ni convicciones. En un paÃs donde la vida pública se ve constantemente amenazada, el DÃa de Muertos se convierte también en un llamado urgente a la vida con dignidad y seguridad.
Hoy, mientras encendemos velas y colocamos fotografÃas en los altares, pensemos también en aquellos que han partido por causas que no deberÃan existir: la violencia, la impunidad, el crimen. Que su memoria nos inspire a exigir justicia, a construir paz y a no permitir que la muerte siga siendo protagonista en nuestras plazas, nuestras calles y nuestras instituciones.
En un paÃs donde el olor a cempasúchil se mezcla con el del duelo, cada pérdida violenta hiere no sólo a una familia, sino al alma de una nación que intenta no acostumbrarse a la barbarie. Porque en México la muerte ha dejado de ser sólo un sÃmbolo de trascendencia para convertirse también en un reclamo de justicia.
En México, la muerte no descansa… pero tampoco debe descansar nuestra esperanza ni nuestra lucha por un paÃs más seguro, más justo y más humano.

