Juan Lagunas

La palabra redime (indulta el asedio de la atrocidad… sin olvido). Al figurar, preconiza el mundo real. Entonces, quien la lee, asiente su procedencia: el efugio. 

El arraigo a esta configuración es la muerte: el trabajo, el sueño, el hambre, el cansancio, el amor, la veleidad, la soberbia, el desliz, la inoperancia, el sigilo, la norma, el bosquejo, la tecnología, el eufemismo, el desprecio, el clavicémbalo… No sirven. Son signos de circunstancia. 

Insisto: tras la entropía, el símbolo desunido. Alguien -ubicuo- unió fonemas y, en seguida, manó la sistematización de la existencia innecesaria (el átomo primigenio). Ésta, en que nadie habla, disertando connotaciones. Por eso, instruido por el Ungido, Santiago advirtió (3:6):

Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.

El tiempo de Planck -o cronón- es no unidad. Una farsa. La invención del ciclo inútil de la oscuridad. ¿Y la gravedad?: sequía: atracción de espasticidad. No vale la pena conceptualizarla (ni escribir en torno a ella).

Sin ir muy lejos: este texto es despreciable, como la ternura o la caricia. El rendibú, petulancia. Ésta, insuficiencia de pensamiento… Desvío. En “Ausencia”, Borges expresa:

Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

         Y, Alfonsina Storni (“Adiós”):

Las cosas que mueren jamás resucitan,

las cosas que mueren no tornan jamás.

¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda

es polvo por siempre y por siempre será!

         Sin fe única, ese río extensivo: una apariencia de melancolía. Ésta, nulidad. La repulsión, repugnancia. Sólo allá no habrá tribulación. Somos remedo de éxodo. La amargura, dentro del vate, condujo a la distancia: trasposición terrenal: el extrañamiento intransigente. A causa de que no se conoce el tercer cielo, lo que vemos es vacío: desierto de impaciencia. 

Fascinación:

         Ella (no sé quién) se exalta -sin leitmotiv-. Sabe que hace daño. No debo juzgar. La imperturbabilidad se hace desfiladero. Así lo expone Emily Dickinson:

No tuve tiempo para odiar

porque la tumba me lo impediría,

porque no alcanzaría la vida

para saciar esa enemistad.

         El mareo del desacierto se adhiere a la concavidad ventral (la consecuencia: la entraña precordial). 

Tampoco tuve tiempo para amar,

y a pesar de que se lo debe intentar,

el pequeño esfuerzo del amor,

pensé, quizás sea demasiado para mí.

Aquél se va (jamás llegó). 

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