Por Dr. Angel Darien Zapata Marín
Mucho se ha escrito ya sobre el tirador en Teotihuacán, sobre su origen, sus filias, sus peculiaridades. Las redes y los medios han intentado diseccionar cada fragmento de su vida para encontrar una explicación que, quizá, no existe o no alcanza. Sin embargo, más allá del perfil individual, lo que verdaderamente sacudió a la sociedad mexicana —y a la internacional— fue la imagen: un hombre armado en una de las zonas arqueológicas más emblemáticas del país, disparando contra turistas, arrebatando la vida de una persona y la suya propia.
La escena rompió algo más profundo que la seguridad física: quebró una idea. La de que ciertos espacios eran intocables, inmunes a la violencia que se ha ido normalizando en otros rincones del país, porque no se trató de cualquier sitio, ni de cualquier contexto, fue un símbolo nacional, un referente cultural global, un lugar que representaba historia, identidad y orgullo, que de pronto se transformó en miedo.
¿Qué pasó?, ¿Por qué?. Las preguntas se repiten, casi como un eco que no encuentra respuesta. Durante años, México observó con distancia episodios similares en otros países, particularmente en Estados Unidos, donde los tiroteos masivos se convirtieron en una tragedia recurrente, parecían realidades ajenas, difíciles de imaginar, pero esa distancia se ha ido diluyendo. Hoy, los hechos nos alcanzan con una crudeza innegable: en Guerrero, una alumna perdió la vida en medio de una balacera sólo por ir a la escuela (Melany Gissel Bravo Leyva – colegio de bachilleres en Acapulco, Guerrero); en la Universidad Nacional Autónoma de México, un estudiante también muere tras una agresión con arma punzocortante sin explicación alguna (Jesús Israel Hernández, murió tras ser atacado dentro de las instalaciones del CCH Sur de la UNAM, en la alcaldía Coyoacán); y ahora, en Teotihuacán, la violencia irrumpe en un espacio que parecía sagrado, igualmente sin explicación alguna.
La pregunta ya no es si puede ocurrir, sino por qué está ocurriendo y cómo llegamos hasta aquí.
Hace tiempo escribí sobre la importancia del propósito, sobre esa línea invisible que separa a quien, sin expectativas, cree que para poder ser debe destruir, y a quien encuentra sentido en edificar. Viktor Frankl lo explicó con una claridad dolorosa tras sobrevivir al horror nazi: el ser humano necesita un propósito para no perderse, incluso en las condiciones más atroces, sin él, el vacío puede convertirse en violencia, en resentimiento, en destrucción. La historia está llena de ejemplos extremos, basta pensar en Hitler y preguntarse —aunque resulte incómodo— ¿qué habría sido distinto, si su vida hubiera tomado otro rumbo?. No es una justificación, es una reflexión sobre el peso que tienen las fracturas humanas cuando no encuentran cauce. Pero estas ideas, aunque necesarias, no alcanzan para responder otra pregunta ¿qué México estamos construyendo?.
La imagen de violencia en Teotihuacán dio la vuelta al mundo, reforzando una narrativa que nos persigue: la de un país inseguro. Y esto no es menor, el turismo, una de las principales fuentes de ingreso, depende en gran medida de la confianza. Eventos como este siembran dudas, generan cancelaciones, afectan la economía local y dañan la reputación de una nación entera.
A la par, los titulares de esta semana recordaron otro caso devastador: el de una mujer asesinada tras acudir a una supuesta oferta de trabajo en la Ciudad de México (Edith Guadalupe Valdés Zaldívar). Un caso que remite inevitablemente al precedente del Caso González y otras vs. México, en el que la Corte Interamericana de Derechos Humanos estableció la obligación reforzada a cargo del Estado mexicano de investigar con debida diligencia las desapariciones y asesinatos de mujeres, pues no se trata solo de reaccionar, sino de prevenir, de actuar antes de que la tragedia ocurra. Sin embargo, los patrones se repiten, cambian los nombres, los lugares, pero la historia parece la misma. Incluso en Morelos, donde podría pensarse que la distancia ofrece cierto respiro, los hechos encuentran eco: otra mujer que buscaba trabajo también desaparece, y días después es hallada sin vida (Brenda Kelly Analco Santanero).
¿Qué está fallando? ¿Qué se necesita hacer?. No hay respuestas simples. La tentación de reducir todo a más policías, más armas o más castigos es comprensible, pero insuficiente. La seguridad no se construye únicamente desde la coerción; requiere tejido social, oportunidades, educación, salud mental, instituciones confiables y una ciudadanía activa.
Perdone, amable lector, si en esta ocasión predominan las preguntas sobre las respuestas, pero quizá ese es el punto de quiebre que representa lo ocurrido en Teotihuacán: un parteaguas que nos obliga a dejar de normalizar, a dejar de mirar hacia otro lado, a cuestionar con honestidad el rumbo que llevamos.
La pregunta sigue ahí, incómoda, persistente: ¿qué debemos hacer para construir un país distinto? Quizá la respuesta no llegue de golpe, pero empieza, inevitablemente, por no dejar de hacernos esa pregunta.




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