POR JUAN LAGUNAS P.
La pavura del ahogo: “… abrieron la puerta a Magistrados incondicionales a reelegirse hasta 2034”. El paso del tiempo en la palabra como augurio: la muerte continua (con respiración).
Leer, el lamento. Sería mejor alejarse. Estar en un encierro, sin agua ni alimentos, llorando. A la espera… En un diálogo sólo con Él. No pronunciar vocablos. No hace falta.
Que nadie se entere del confinamiento. Éste es el sepulcro. Me he sentado frente a un pozo esquivo. Hace frío. Inclino mi mirada para que las lágrimas no desciendan en la cara. Veo a mi padre en el catre de… El borde inferior de los párpados, el desprecio de siempre, inaguantable. El entorno, la balada de amargura plena. Ya no puedo estar acá. Ni allá… La angustia no se va a detener. Se aliena en mí. No debo moverme. La suspensión del relato, la matriz que me desechó.
La desdicha, el desamparo desde el útero. ¿Por qué no perecí ahí? ¿Para qué me concibieron? Véanme en el sufrimiento. En la cobertura del desconsuelo, que no condesciende. A diario, aflicción, remordimiento, miedo, pecado, culpa…
Francisco de Quevedo, en el soneto “¡Ah de la vida!”, expresa:
“Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto”.
Si desapareciera. No habría soledad. Mis hermanos no tendrían animadversión hacia mí. Aquellos jóvenes no me hubieran secuestrado (empero, me golpearon y abandonaron en un baldío, sangrando, en el suelo).
El vate me alude: la angustia es la falta de presente: el hoy es tan momentáneo que, antes de terminar de nombrarlo, ya es pasado; nos engulle desde adentro.
Frente a eso, Antonio Machado aborda el tiempo con una melancolía silenciosa, casi cotidiana. Retomando la famosa metáfora de Jorge Manrique (“Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”), el ibérico camina por las “galerías” de la memoria -sintiendo el peso de la tarde-. En sus versos, el lapso se aprecia en el devenir de los carillones de las habitaciones deshabitadas, en el agua de las fuentes y en el invierno que se avecina:
“¡Oh, dime, noche amiga, amada noche, dice
el cantar, oh, dime si en tus luceros late
el corazón de aquellos que pasaron…!
[…] El tiempo lame y roe y lima y rompe”.
Y Borges, en “El reloj de arena”:
“No se detendrá el oro. El azaroso
viento tendrá el destino de la arena.
¿Qué soy yo? ¿El laborioso y temeroso
tiempo que mide la clepsidra ajena?”.
Humaniza el preparativo. Éste no mide; nosotros somos sucesión. La angustia borgeana radica en la pérdida de la identidad: si todo pasa, ¿qué soy? ¿Ayer, el que muere hoy o el que será polvo? Me contengo…




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