POR JUAN LAGUNAS P.

La iterabilidad del signo se mantiene en las estrías desavenidas. El papel, un carey antediluviano. Hay un pareo en el útero, que se adelanta al pensamiento. Así, la repetición va más allá de la función significativa.

         Las nociones de cargo simbolizante, a partir de la Lingüística, son noológicas. Al final, el cometido es comunicar (de forma sucinta: “asceta yermo”; perspectiva procesual).

         Correlativamente, emerge Cosío Villegas, que expuso que las grandes obras de la literatura occidental son dos por la estirpe latina: La Divina Comedia, de Dante, y El Quijote, de Miguel de Cervantes; dos, por la estirpe sajona: Fausto, de Goethe, y las obras de Shakespeare.

         El vector es la señal: exterioriza y conlleva, como la poesía. Ésta, simbólica, a finales del siglo 19, prevé el abstraccionismo. Rimbaud, en “Bruselas (bulevar del regente)”, suscita:

“Arriates de amarantos hasta

el agradable palacio de Júpiter.

– ¡Sé que eres Tú, quien por aquí,

mezclas tu Azul, casi sahariano!”.

         La ondulación se hace sinestesia: sacudida de procedencia del sonido, sin métrica estricta. Sigue:

“¡Tranquila mansión, antigua pasión!

Kiosco de la Loca por afección.

Tras nalgas de rosales, el balcón

umbrío y muy bajo de la Julieta.

La Julieta me recuerda a la Enriqueta,

encantadora estación de tren

en un monte, como al fondo de un vergel

¡do a mil azules diablos danzando se ve!”.

         “Una lección bajo la sombra”, de John Donne, dice:

“Quédate quieto, y te leeré 

una lección, amor, sobre la filosofía del amor. 

         Estas tres horas que hemos pasado, 

         caminando aquí, dos sombras 

nos acompañaron, que nosotros mismos produjimos. 

Pero ahora el sol está justo sobre nuestra cabeza, 

         pisamos esas sombras, 

         y a la claridad desafiante todo se reduce”.

         La impavidez, distancia de no movimiento, es sacudida prejuzgada. La letra nerviosa desaparece de su acogida: despoblado, entremezclado. El poeta metafísico asciende:

“Así, mientras nuestros amores infantiles crecían, 

los disfraces y las sombras fluían 

de nosotros y de nuestras preocupaciones; pero ahora no es así. 

Ese amor no ha alcanzado el grado más alto, 

que aún es diligente para que otros no lo vean”.

         Llego (con un sufrimiento inacabable) al fin:

“El amor es una luz creciente, o plena y constante, 

y su primer minuto, después del mediodía, es noche”.

         Todo se prodiga. 

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