POR RAY CÁRDENAS 

Un verdadero Guayabo no se fabrica en serie: se cultiva. Y no en tierra cualquiera, no señor, sino en la mezcla inconfundible de sol cuernavacense, humo de puestos de tacos y esa eterna duda existencial de si hoy sí habrá tráfico o solo “flujo lento”, como dicen los optimistas profesionales.

El Guayabo auténtico es hijo de Cuernavaca, aunque su acta diga otra cosa. Su verdadera partida de nacimiento está en un recuerdo: el primer chapuzón en un balneario, el primer chiflido de un chofer del Ruta diez, el primer enojo porque cerraron otra calle “por obras”. 

O esa primera vez que entendió que aquí las cosas se hacen despacito,  pero se hacen. Y cuando se hacen mal, pues también se comenta, se critica y se vuelve meme, sin miedo y sin filtro.

Porque el Guayabo trae integrada una habilidad casi artística: el sarcasmo bello. Esa joya que te permite decir una verdad dolorosa envuelta en un chiste tan bien armado que el de enfrente no sabe si reírse, enojarse o pedirte trabajo de asesor de comunicación. Y ahí está la magia: el Guayabo te da una cucharada de realidad, pero te la baja con sonrisa para que no se atore.

Un Guayabo de verdad defiende a Cuernavaca como quien defiende a su mamá en una comida familiar:

– Tú puedes quejarte de ella, pero que nadie más lo haga.

– Tú puedes decir que tiene fallitas, pero que no se atreva un extraño.

– Tú puedes bromear con que “la eterna primavera ya está más eterna que primaverosa”, pero si un chilango lo dice… uy, se arma una clase de historia con todo y proyector.

Y es que el Guayabo sabe que Cuernavaca es hermosa incluso en su caos:

El calor que te derrite.

Las jacarandas que se empeñan en barrer la calle por ti. Los baches que ya son microecosistemas con personalidad propia. El Zócalo un sábado, con más vida que la central camionera en puente. Las noticias que parecen escritas por un guionista con sentido del humor muy negro.

Todo eso somos. Y todo eso lo defiende uno… con los dientes si hace falta.

Porque ser Guayabo no es un gentilicio: es un oficio emocional. Es levantarte cada día y decidir querer a tu ciudad aunque te dé motivos para renegar. Es enamorarte de su sabor, su ruido, sus contradicciones… y tener la valentía de decir las cosas de frente, con tono filoso pero con cariño hondo.

El verdadero Guayabo es periodista, cronista, vecino, comediante involuntario y guardián de la memoria. Sabe dónde duele Cuernavaca y por eso mismo la protege. A veces con risa, a veces con ironía, a veces con un comentario tan certero que parece que el micrófono se agacha solito.

Y ahora… la pregunta del millón de pesos, dos baches y tres semáforos descompuestos: ¿qué debe tener el próximo alcalde o alcaldesa de Cuernavaca? Porque, aceptémoslo, el último ese que nunca le  atinó al progreso , pero inclusive la misma ciudadanía lo premió con una gubernatura, al día de hoy nos representa en la cámara federal pero bueno no era ni nacido aquí. Y eso duele en el orgullo Guayabo, claro que sí. Pero también enseña: el origen no hace al líder; el carácter, sí.

Así que el próximo alcalde o alcaldesa necesita tres cosas básicas:

cerebro, coraje y cariño. Y no en ese orden, porque aquí el orden de los factores sí altera el tráfico.

Debe tener la piel gruesa para aguantar el sol, las críticas, los memes y las reuniones eternas donde todos hablan y nadie soluciona.

Debe tener el corazón puesto aquí, aunque no tenga acta de aquí, pero que sienta la ciudad como propia: que le duelan los baches, le indigne el abandono y le emocione imaginarla bien puesta, limpia, viva, orgullosa.

Y debe tener la inteligencia práctica del que sabe que Cuernavaca no se gobierna con slogans, se gobierna con calle. Con paso firme. Con decisiones que tal vez no gusten, pero funcionan.

Un buen alcalde o alcaldesa para esta ciudad debería traer también un poquito de esa esencia Guayaba: el humor que no se rinde, la ironía que señala, la crítica que despierta.

Alguien que pueda decir la verdad sin pedir permiso, pero con ese calorcito humano que hace que uno diga: “órale, mínimo este sí habla claro”.

Alguien que entienda que Cuernavaca no necesita salvadores… necesita administradores decentes, comprometidos y sin miedo a ensuciarse los zapatos (o a perderlos en un bache profundo).

Porque al final, ser Guayabo es esto:

Amar a Cuernavaca tan fuerte que hasta cuando la criticas, suenas como si la abrazaras.

Y ese, justamente ese, debería ser el requisito número uno para quien quiera gobernarla , saber que teje y maneje de las colonias las tradiciones las costumbres que cuando uno le pregunte te acuerdas de las luchas las sienten el corazón que cuando uno le pregunte dónde están las más ricas gorditas de ser para referir las más buenas de cada colonia pero lo más importante de todo que esté dispuesto y comprometido a que esta ciudad realmente deje de ser cuernavaches eso como lo dice mi madrina Socorro Barrera la que manda en Santa Veracruz en la Colonia amatitlán los buenos pasteles necesitan mantequilla leche y muchos huevos si no no se meta usted a hornear.

Y en este caso pretende usted ser el administrador de lo que es para mí lleno de baches pero al final de cuentas mi ciudad porque soy guayabo la más bonita del mundo

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