POR JUAN LAGUNAS
Tabuizando lo incognoscible: el deslizamiento de tus brazos sobre… Por ende, Simone Weil yerra; sí depende de cada uno creer en Dios. Es una decisión nominativa, unilateral.
Así, el símbolo (el de la teoría de Jung) es tangible aquí: dual; complementa: pasado y futuro. Entonces, se reafirma que el lenguaje da fastuosidad al entorno (realidad cósica o relacional genérica), al atemperar la entropía. La polisemia y la ambigüedad sólo pueden reducirse por el compromiso en un contexto pragmático, mientras que en abstracto resulta imposible determinar el significado de una palabra. Ésta adquiere sentido en el discurso; ahí se vivifica.
No existe el momento crucial, ni la sensación de entereza. El amor es un sustantivo; en el orbe, no correspondencia; no la necesita. Todo se queda en anhelo, como lo expresa el aedo español, Luis Cernuda. En “He venido para ver” encumbra:
Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.
La impericia es ceguera; enredo. La asonancia, despejada. Los vocablos van y recalcitran, con argucia. Están apostados en el pasatiempo de la cerrazón blancuzca (el papel o la mente). En síntesis, la presencia del otro es una tentación de carencia. Está ahí; incluso, extendida sobre el lecho; mas ve; se palpa, pero, no tiene contorno. No habita. Anda en un camino sin retorno, quieta. No distingue el tiempo (ni sus inexorables rebajamientos). En la “Rima XLIV”, Gustavo Adolfo Bécquer expone:
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.
Me hago asindético: salgo, subo, develo… Eres tú, en el desagüe de la calle estremecida. Tendrás que suspirar. El día sucede entre gemidos. Es preciso recurrir al silogismo categórico: dos premisas; una conclusión:
La muerte segunda es evitable.
Algunos rechazan la Gracia (blasfeman contra el Espíritu).
Por lo tanto, éstos irán a la condenación sempiterna.
Lo demás, menudencia. Empero, es necesario resistir el sigilo del desacierto (porfía). De la pertinacia, a la testarudez. Ese sendero espacioso, en que las almas son menos que nada. Como en “El ausente”, de Alejandra Pizarnik:
II
Sin ti
el sol cae como un muerto abandonado
Sin ti
me tomo en mis brazos
y me llevo a la vida
a mendigar fervor.
No me llevaré nada de la interpolada perífrasis, en que aparecí. Lo encontré. ¡Sí!




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