Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Hay imágenes que dicen más que cualquier discurso oficial. Durante la presentación de los grupos del Mundial de la FIFA 2026, las cámaras captaron una escena aparentemente trivial: líderes de México, Estados Unidos y Canadá compartiendo un momento distendido, sonrisas, celebración y normalidad. Para muchos fue solo un episodio protocolario ligado al fútbol. Para otros, un gesto anecdótico. Sin embargo, en el lenguaje silencioso del poder, ese momento fue una señal política clara: América del Norte ya se concibe —y se proyecta— como un solo bloque.
La portada The World Ahead 2026 de The Economist lo anticipó con crudeza: un mundo en disputa, con potencias compitiendo por partes de un pastel cada vez más pequeño. En el centro, el número 250: los años que cumple Estados Unidos como nación independiente. Lejos de celebrar, la imagen sugiere examen, balance y defensa de la hegemonía. Estados Unidos llega a su aniversario 250 enfrentando rivales estratégicos, tensiones internas y una competencia abierta con China y otros actores emergentes.
En ese contexto, la región de América del Norte deja de ser solo una zona comercial para convertirse en una plataforma estratégica. No solo económica, sino política, tecnológica, energética y de seguridad.
Que el Mundial 2026 se celebre en tres países no es casualidad. México, Estados Unidos y Canadá no solo comparten estadios; comparten una lógica de integración profunda que va mucho más allá del balón. El T-MEC consolidó una interdependencia económica que hoy se refuerza con el fenómeno del nearshoring, la relocalización de cadenas productivas y la necesidad de competir como bloque frente a Asia.
El mensaje implícito es poderoso: América del Norte se organiza como región en un mundo que vuelve a dividirse en esferas de influencia. Y en ese tablero, México ocupa una posición incómoda pero indispensable.
Durante años, una parte del discurso político mexicano ha insistido en la idea de autonomía, soberanía absoluta y equidistancia ideológica. Sin embargo, la realidad geográfica, económica y demográfica impone límites. México no es un actor neutral en la competencia global. Nunca lo ha sido. Y hoy, menos que nunca.
La llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia ocurrió en un momento de transición global. Su trayectoria política y su identidad ideológica han sido asociadas a la izquierda latinoamericana. No obstante, una cosa es el discurso interno y otra muy distinta la política exterior efectiva.
En los hechos, México continúa profundamente integrado al bloque occidental, con Estados Unidos como socio principal, destino de exportaciones, garante de estabilidad financiera y actor central en materia de seguridad. No hay administración mexicana que pueda modificar esa ecuación sin provocar una crisis mayor.
Por ello, más allá de afinidades retóricas, el gobierno de Sheinbaum enfrenta una realidad ineludible: la supervivencia económica y la estabilidad política del país dependen del anclaje norteamericano. El Mundial 2026 no hace más que escenificar lo que ya ocurre en los flujos comerciales, en la inversión extranjera y en las prioridades estratégicas de Washington.
La coincidencia temporal no es menor. Mientras América del Norte se proyecta como bloque cohesionado, otras potencias tejen sus propias alianzas. Rusia refuerza vínculos con India. China consolida su área de influencia en Asia, África y América Latina. Europa intenta redefinir su papel. El mundo ya no gira alrededor de consensos globales, sino de bloques regionales con intereses bien definidos.
La discusión pública en México suele centrarse en categorías ideológicas del pasado: izquierda contra derecha, soberanía contra dependencia, nacionalismo contra globalización. Sin embargo, el mundo ya opera bajo otras reglas. Hoy la pregunta no es si México “quiere” alinearse, sino cómo lo hará y con qué costos o beneficios.
México ya eligió bloque.
La verdadera incógnita es si sabrá convertir esa pertenencia en desarrollo, estabilidad y crecimiento… o si llegará tarde, dividido y sin estrategia, a una mesa donde otros ya están repartiendo el pastel. Sin embargo, Usted tiene la mejor opinión.




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