URIÓSTEGUI SE QUITA LA CARETA
Por Daniel Alcaraz
El comentario del alcalde de Cuernavaca, José Luis Urióstegui Salgado, durante la inauguración de las letras monumentales en la colonia AntonioBarona, no fue casual ni inocente; decir en público “ya sabemos a dónde apunta el güero morelense, hacia el campeonato”, con el morenista Víctor Mercado Salgado a su lado, confirma lo que desde hace meses se advertía en los pasillos políticos de la capital, el alcalde rompió con la coalición que lo llevó al poder y se colocó bajo la sombra de Morena – Morelos.
La frase, coloquial en apariencia, se interpreta como declaración abierta de apoyo al proyecto de Víctor Mercado, aspirante a la candidatura para la alcaldía del Municipio de Cuernavaca por el partido en el gobierno estatal; no hay ambigüedad ni espacio para lecturas ingenuas, Urióstegui tomó partido aun cuando gobierna gracias a los votos de una alianza integrada por PAN, PRI y PRD, que observa con indignación su viraje hacia el morenismo.
No lo mueve la afinidad ideológica ni la coincidencia programática; lo guía la búsqueda de impunidad, más básica y transparente que cualquier discurso, pues su administración arrastra cuestionamientos por el manejo de obras públicas, por la opacidad en el uso de recursos y por la falta de resultados en seguridad y servicios, y su margen de maniobra se reduce conforme se acerca el cierre de gestión, de ahí que se ofrezca al mejor postor, a quien prometa blindarlo de investigaciones futuras y garantizarle tranquilidad al dejar el ayuntamiento.
El cálculo enfrenta un obstáculo evidente, la gobernadoraMargarita González Saravia tiene su propia agenda para la capital; ni Mercado es su primera opción ni Urióstegui pertenece a su círculo de confianza, porque el tablero oficial coloca como cartas preferentes a Karla Aline Herrera, Secretaria de Educación, y a Edgar Maldonado, titular se la Secretaría de Gobierno, figuras del grupo que busca consolidar el control territorial del estado.
En ese contexto, el guiño del alcalde hacia el senador es una apuesta desesperada, un intento de congraciarse con quien percibe como relevo posible, aun si eso implica traicionar a quienes lo llevaron al poder; olvida que la lealtad y la coherencia siguen contando en política y que el oportunismo cobra factura tarde o temprano, con costo reputacional y con aislamiento real cuando cambian los equilibrios.




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