Por: JUAN LAGUNAS
Lejos. Leo, sin los ojos, a Hugo Gutiérrez Vega:
La abuela abría las puertas de la mañana;
entraba el sol por el balcón cerrado
y un rayo se pegaba a sus gafas solares.
La noche del 25 de septiembre, el entresijo porfiado, que no se separa. Caminaste por distintos callejones. La deambulación, tu señal. Callizo de noche. Luz y oscuridad, da lo mismo. Y… Hoja resinosa, sobre mi piel. No hablé. La agonía inhumó mis simientes. En ti, el cumplimiento: faz de regocijo.
Tu muerte (o vida instantánea), una mentira. El martes… Te habías ido ya. Nadie supo. Ni la caída del sol. Lluvia de abril, que se extiende a julio. Comienza con neblina; culmina en: inundación. Un mes, dos… Trasantier: pasaste, obstinada, un camino angosto, sola. Sin palabras. (Acequia de ansia, donde no llega el olvido). Las lágrimas persiguen.
Las ojotas vuelven: no se estorban en los pasos. Blancas… Las veo. Andan. Detienen mi miserabilidad. Vang de botavara. Así sucedió. Ese viernes era lluvia; mi alma, tempestad improcedente.
Desde entonces, mi existencia vil es temblorosa: velas que orzan, lo cual gira el barco hacia el viento, aflojando las escotas… Sin posición. Desmesurado. Altivo y, de modo paralelo, retirado: como en un sepulcro.
No tengo provisiones narrativas para ese dolor. Y no se aparta. Me quedo en lo ulterior: el momento que se va, sin haber suscitado. La condena de la cotidianidad. Es decir, la tentación inapelable, que prevé imputar.
En las declinaciones del más allá (cerca de los 60 años), la intromisión de la mente es periódica: un aposento de saetillas, que se van (cada mañana… tarde, noche). El aedo lo cuenta:
El día andaba ya por los corredores
abrillantando las plumas del pájaro ciego,
jugando un rato con los peces anhelantes
en un marecito engañoso,
y con el caracol de filos negros
en su playa de cristal.
Mientras eso sucedía, ella continuaba su camino. Sé que estaba consciente, puesto que sus caricias aún las llevo en mi cara. Sus opresiones, inmemoriales. La extraño -en demasía-. Progresión a sotavento. Sigues siendo indecible, abuela. Marea menguante: el mar fluye en ti… Y se aleja de la orilla. Gutiérrez Vega trata de describirte:
La claridad giraba por los cuartos vacíos
y se escondía entre las cortinas.
Jamás te entendí. Empero, sigo escondido en tu regazo. Nadie me ve. Visible y recóndito. Duplo sibilino.
Mi lamentación se desperdiga en este papiro. De tu voz meliflua (hacia mí): “Eres un ángel”.




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