Por: Alfredo Soberanes
No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona, que la necesidad de sentirse protegido por un padre
-Sigmund Freud
ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
En el entonces barrio bravo de Zarco, en Cuernavaca, mis dos padres crecieron entre trabajo, cascaritas de futbol y días de iglesia. Mamá Dolores (+), mi abuelita, viuda de Soberanes, desde chavos les enseñó a trabajar para salir adelante, a pesar de que eran los menores de cuatro hermanos, tuvieron que madurar desde niños.
Alfredito, mi padre biológico (+) y Pave, mi papá por elección, entre tantas anécdotas de sala en el hogar o de comidas familiares, me contaron que, de niños, salían a vender cerca del mercado Adolfo López Mateos, un jabón que hacían pasar por mágico, y con las ganancias de los productos milagrosos, completaban el gasto de la casa. También, relataban que otras veces mercaron gelatinas de varios sabores, las cuales siempre se terminaban, aunque al momento de hacer cuentas con la jefa (Mamá Dolores), siempre faltaba dinero, porque el hambre era mitigada con las de jerez.
Graduados en la escuela de la vida, mis dos papás se desarrollaron profesionalmente en ámbitos distintos: Alfredito se inclinó por las ventas y el igualado de colores en la industria de las pinturas, mientras Pave incursionó en el periodismo.
Alfredito:
Durante mi niñez, recuerdo que cuando sonaba una canción de Rocío Dúrcal cerca de la casa, en la calle Cuauhtemotzin, en el Centro de Cuernavaca, era porque Alfredito iría a visitarme. Su olor a cigarro lo delataba cuadras antes de llegar; Al verlo, siempre corría a sus brazos, mientras él me levantaba por los aires una y otra vez. Mamá Dolores nos llamaba a la mesa para comer, no sin antes mandarme a la tienda por una coca familiar para consentir a su prieto chulo.
Chiva de corazón, mi viejo me inculcó el amor por el futbol desde los seis años de edad, llevándome por casi todas las canchas. Lo primero que me enseñó, fue el arte de cómo patear un balón, y también a ser aguerrido y disciplinado. Aprendí de él a ser un caballero en el campo de juego, entre otras cosas. Me debutó desde la categoría pony, hasta mezclarme con adultos y veteranos (para foguearme) mientras tenía 13 o 14 años, y me acompañó por mi breve, pero apasionante camino por la tercera división. Alfredito me enseñó de humildad, de amistad y lealtad; me regaló mi primera guitarra y me enseñó los acordes básicos. De él heredé mi gusto por la música y el canto, mi amor por el futbol y el talento para igualar casi cualquier color.
Pave:
En los años 80 mientras sus hermanos mayores se casaron y se fueron, mi papá periodista se empezó a hacer cargo de Mamá Dolores y decidió ser mi mentor de tiempo completo. El eterno hombre de blanco, siempre llegaba emocionado a la casa para contarnos a lolita y a mí, sobre las giras con el gobernador Antonio Rivapalacio López y los eventos que tenía en el día. Se sentaba a la mesa y con una crónica pulcra por excelente, describía todo lo que le había pasado (nos transportaba a los lugares con tan solo escucharlo).
Vienen a mi memoria las rotativas y redacciones donde Pave me llevó; recuerdo bien el olor a tinta y los teclazos en las Remington.
En la calle Estanislao Rojas del Centro de Cuernavaca, en un edificio amarillo se encontraban las oficinas del periódico “Morelos Hoy”, donde el hombre de blanco tecleaba con ambos índices las notas del día, mientras yo hacía aviones de papel. Justo arriba de las oficinas de Correos de México, en la calle Hidalgo del Centro de Cuernavaca, se escribía la revista “Cuernavaca 2000”, donde mientras Pave redactaba con un estilo único, yo dibujaba en hojas de papel bond con lápices y plumas.
En las mañanas antes de ir a la escuela, mi papá me planchaba el uniforme, me vestía y me peinaba estilo Don Benito Juárez, mientras sonaba Silvio Rodríguez de fondo u otras veces Joan Manuel Serrat; Limpiaba mi portafolio rojo al tiempo de asegurarse que todos mis libros, cuadernos y útiles estuvieran listos para la jornada escolar; siempre me aconsejaba sobre el buen comportamiento.
En las tardes, siempre estricto, mi papá me revisaba los cuadernos y tareas del día, mientras me decía: “Las cosas se hacen bien a la primera, para hacerlas una vez”. ¡Y vaya que tenía razón! Equivocarse era empezar de nuevo.
Los jueves eran los mejores días, porque mi padre me llevaba a la Arena Isabel a observar, vivir y disfrutar de la lucha libre, además de ver, como volaban patitas de pollo y mollejas desde el segundo piso hasta el ring. Vi a Pierrot Jr.; El Hijo del Santo; Mil Máscaras; El Rayo de Jalisco; Los hermanos Dinamita; Los brazos; El Vampiro Canadiense; a Canek y otros luchadores que se convirtieron en mis ídolos.
Además de cuidar de mí, Pave me inculcó valores, respeto, decencia, lealtad, obediencia y honestidad; aprendí a cuidar de los seres que amas; aprendí a planchar mi ropa; aprendí de responsabilidades; aprendí de filosofía y puntualidad.
Aficionado del Cruz Azul, amante de las carnitas, el chicharrón y la barbacoa, de mi papá heredé el gusto por la lectura y escritura, entre muchas cosas buenas.
Abrazo hasta el cielo papá:
Por eso y más… todos los días agradezco a Dios por haberme permitido tener dos papás. Pave y Alfredito, todo mi amor para ustedes, así en la Tierra como en el Cielo.




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