Por Ray Cárdenas
Lo ocurrido recientemente en el Palenque de Texcoco con el cantante de música regional mexicana Luis R. Conríquez resulta alarmante. El artista se negó a interpretar corridos tumbados y narcocorridos, y la reacción del público dentro de este recinto de música, tradición y fiesta fue la de auténticos cavernícolas. Una muestra más de cómo una parte de la sociedad ha sido contaminada por lo que hoy se ha normalizado en la música en México.
La dinámica se ha tornado chusca, absurda, y hasta “puritana” en sentido inverso. Quienes defendemos la buena música —como un servidor, con más de 35 años dedicados a la radio y la comunicación—, vemos con enorme preocupación este fenómeno que es, sin duda, sinónimo de una sociedad profundamente descompuesta.
¿En qué momento llegamos al punto de exigir, incluso con violencia, que se entonen canciones que hacen apología del crimen organizado? Si bien es cierto que en los conciertos de rock hay euforia —como en el famoso “slam”—, esos actos ocurren dentro de un marco de alegría, de liberación. Lo ocurrido en Texcoco fue otra cosa: una exigencia casi violenta de escuchar narcocorridos. ¿Qué sigue? ¿Que entren armados a estaciones de radio para forzar la programación? ¿Que asalten las (ya escasas) tiendas de música para exigir la venta de estos materiales? ¿Que presionen a las plataformas digitales para incluir sus temas en todas las listas de reproducción?
Los que tenemos criterio formado sabemos cómo influye la música en nuestras vidas. Aunque esta música pretenda escudarse en el eslogan de antaño —“la música es cultura”—, lo cierto es que esta es cultura… pero de la que no nos sirve para construir un mejor país.
Mientras tanto, en el otro frente, el gobierno federal minimiza hechos como lo ocurrido en el rancho Izaguirre. La presidenta promueve productos bajo el lema del “bienestar” —como el chocolate del bienestar—, cuando este país, la verdad sea dicha, es lo que menos tiene.
Se dice en los pasillos de Palacio Nacional que Claudia debe pedir permiso al expresidente López Obrador para actuar. Que su círculo cercano consulta si ya tiene el visto bueno del Senado. Que Gerardo Fernández Noroña no es más que el patiño que distrae, mientras el que realmente opera es Adán Augusto. Ese novio romántico, defensor, el Papá Pitufo de una aldea donde la senadora Andrea Chávez es la Pitufina. Los que reclaman orden en los actos anticipados de campaña no son más que pitufos jugando al Congreso.
Ricardo Monreal, por su parte, hace lo necesario para cuidar a quien haya que cuidar y alinear a quien haya que alinear. ¿Y qué decir de Puebla? El expriista Parmenta reclama justicia mientras acosa y extorsiona a una empresa, exigiendo tierras para vivienda de policías. ¿Por las buenas? Porque por las malas, expropia. Habla de tierras robadas por gobiernos pasados —como el de Bartlett, priista cuando fue gobernador de ese estado—, pero hoy se cobija bajo el manto inmaculado de Morena. Por ende, es inocente. Intocable. No se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa de Guadalupe.
Esto es extorsión, se vea como se vea. “Cooperas o cuello”.
Este es el México que vivimos: uno en el que la música se ha convertido en droga auditiva, y en el que verdaderas bestias exigen su dosis para poder “sentir algo”. ¿Y qué queda después? El mal ejemplo para nuevas generaciones, generaciones que de por sí ya están jodidas. Sin aspiraciones reales, con una “lanita” que algunos aprovechan para sobrevivir, y otros para ir por sus caguamas patrocinadas por el gobierno.
La presidenta hace su mejor esfuerzo, habrá que reconocerlo. Pero la sombra de Andrés Manuel la sigue opacando. Recuerden esto: Andy ya está en campaña. A los tres años del gobierno de Claudia, viene la revocación de mandato. Andy será diputado federal, y aunque las encuestas favorecen a Claudia, él sigue siendo el hijo del “mesías”, el hijo del todavía presidente.
Y entonces, uno se pregunta: ¿de qué sirvió prohibir la comida chatarra en las escuelas, si la música chatarra sigue al aire y ahora se exige con violencia?
Cuidemos lo que consumimos. Lo que escuchamos. Lo que leemos. Porque al final de cuentas, nosotros vamos ya de salida. Y los que se quedan… son los jóvenes. ¿Qué México les vamos a dejar?





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