Juan Lagunas P.
En este momento, no sé a qué distancia, alguien también se está quitando la existencia. La simultaneidad distante surge por el punto de referencia: la percepción. El discernimiento, por tanto, es un electrón que travesea de una órbita a otra, a fin de prolongar la grisura de angustia.
¿Los intervalos de tiempo dependen de quién los observa? Responderé con un verso de Miguel Hernández: “No sé por qué, no sé por qué ni cómo, me perdono la vida cada día”.
Me encubro del astil. Empero, éste penetra mi corazón. Me debilito y, en seguida, comprendo que soy polvo… Y camino (a ciegas) sobre el borde del venaje de padecimiento. Atrás, en silencio, la tenebrosidad de conmoción. Entropía. Palabra. Precepto. Transgresión: epéntesis.
No logro cavilar. Frente a mí, las cruces de madera sobre tumbas abandonadas: el osario apartado. El ascenso decaído en el despeñadero. La fanerógama monofilética de disonancia. El atardecer, en tus manos: ahí encontré el vestigio de la muerte: sollozo sosegado. La palabra es demencia. Se adelanta al pensamiento; salta (como nada). Se desdice (en un ámbito de diacronía).
Imposible, batir el recuerdo de tus remos abiertos. El río se aleja. En el batel, el desierto de ausencia. Había paredes: árboles de moho que sostenían tres nubes desvanecidas. No pude hablar. Adentro, los ojos ictéricos… La ansiedad de la huida.
Tres días después, la soledad. No debí haberme ido. En “Me sobra corazón”, el vate aquél sigue:
Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.
No puedo erigir fonemas en ninguna parte. El espacio de desabrigo es insolencia (que se desune). Te marchaste. No entendí tu despedida: mirada de lástima. La extremidad del antebrazo, prolongada… Los versos persiguen… Derrumban:
No puedo con mi estrella.
Y me busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.
La volatilidad de la sensación -imperceptible- de ella no me deja. Vacuidad. Respiración y desleimiento. Anunciación. En el primero de abril, de ese destiempo desmedido, no supe qué hacer. Cerré la puerta y, de pronto, la imagen de una colisión. La nerviosidad de un ser mustio. Ante eso, el oriundo de Orihuela suplica:
Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.
El devaneo me lleva al helio. Al lado, el hábito.




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