Por Carolina Ruiz Rodríguez *
La agenda internacional impulsada por el gobierno de los Estados Unidos parece hoy concentrarse en los conflictos del Medio Oriente, particularmente en la llamada Operación Furia Épica contra Irán. La atención mediática global gira en torno a esa tensión, desplazando otros temas que, aunque menos visibles, siguen avanzando con consecuencias profundamente inhumanas.
Uno de ellos es, sin duda, la política migratoria.
Mientras los reflectores apuntan hacia otros escenarios, las acciones emprendidas por la administración encabezada por Donald Trump no se detienen. Por el contrario, las políticas antiinmigrantes se han sofisticado: hoy son menos estridentes, pero igual de severas; menos visibles, pero igualmente dolorosas y, en muchos casos, igual de violatorias de los derechos humanos.
La vida para las personas migrantes en Estados Unidos continúa marcada por la incertidumbre, el miedo y la invisibilidad. Las redadas encabezadas por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), que incluso ha incrementado su capacidad operativa en este año, no han desaparecido: han cambiado de forma. Ahora son más focalizadas, menos mediáticas, pero no por ello menos agresivas.
Detrás de este aparente silencio informativo persiste una realidad alarmante: familias separadas, comunidades fracturadas y vidas que se apagan lejos de casa. Tan solo en esta nueva etapa gubernamental, suman ya 14 mexicanos que han perdido la vida bajo custodia de autoridades migratorias en el vecino país del norte.
Pero hay otro ángulo de esta crisis que exige atención urgente: el impacto cultural, ambiental y religioso de las políticas de contención migratoria.
En las faldas del Cerro Kuchumaa, donde se ubica el municipio de Tecate, Baja California, al norte de México, que es un sitio sagrado para pueblos originarios, se han utilizado explosivos para acelerar la construcción del muro fronterizo. Este acto no solo ha dañado vestigios arqueológicos, sino también un monolito de profundo valor simbólico.
Del lado estadounidense, en Tecate Peak —conocido como Tecatito—, las obras han intervenido espacios ceremoniales y antiguos cementerios indígenas. Lugares que por generaciones han sido considerados sagrados hoy son fragmentados por una estructura de acero que no distingue entre territorio físico y memoria colectiva.
Poco importó que esta zona estuviera inscrita desde 1992 en el Registro Nacional de Sitios Históricos de los Estados Unidos. La imposición y necedad del muro ha prevalecido sobre la historia.
Otro caso emblemático es el del Monte de Cristo Rey, donde confluyen Sunland Park (Nuevo México), El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua). La construcción del muro ha alterado gravemente la tradicional peregrinación de Viernes Santo: este año, las y los fieles caminaron entre escombros, bajo la vigilancia de agentes fronterizos, en un entorno que dista mucho de la solemnidad que históricamente ha caracterizado esta manifestación de fe.
En la cima, el monumento a Cristo Rey —erigido en 1939— permanece en pie, pero el camino hacia él ha sido transformado. Y con ello, también se ha vulnerado una tradición que forma parte del tejido espiritual de miles de personas.
Las afectaciones no terminan ahí. La fragmentación del territorio impacta directamente la biodiversidad, interrumpe rutas de especies como el lobo mexicano y altera ecosistemas enteros que no reconocen fronteras políticas.
Así, el muro deja de ser únicamente una barrera física para convertirse en un símbolo de ruptura: separa familias, pero también divide culturas, lastima creencias y deteriora el equilibrio natural.
Desde Morelos, tierra de historia, identidad y profunda vocación humanista, no podemos ser indiferentes. La migración no es un delito; es, en muchos casos, una necesidad y, en todos, un derecho humano vinculado a la dignidad.
Levantar muros no resuelve el fenómeno migratorio. Lo agrava. Lo encarece. Lo vuelve más peligroso. Empuja a las personas hacia rutas cada vez más riesgosas y alimenta redes de abuso y explotación.
Hoy más que nunca, es necesario alzar la voz, visibilizar estas realidades y recordar que detrás de cada cifra hay una historia, una familia, una esperanza.
Porque cuando se levanta un muro, no solo se intenta detener el paso de las personas: también se intenta borrar su historia, sus tradiciones y su identidad.
Y eso, como humanidad, no podemos permitirlo.
* Diputada local y presidenta de la Comisión de Atención a Personas Migrantes en el Congreso de Morelos




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