Por Carolina Ruiz Rodríguez *

Esta Semana Santa, millones de mexicanos regresan a casa. De acuerdo con el Gobierno Federal, cerca de 4 millones de personas ingresarán al país en estos días, muchas de ellas migrantes que, tras meses o años de ausencia, vuelven a abrazar a los suyos bajo el cobijo del programa “Heroínas y Héroes Paisanos 2026”.

En Morelos, serán alrededor de 8 mil historias las que volverán a pisar su tierra. Ocho mil reencuentros. Ocho mil emociones contenidas. Ocho mil silencios que dicen más que cualquier palabra.

Porque migrar no es solo cruzar una frontera. Es aprender a vivir con la ausencia. Es celebrar cumpleaños a distancia, despedirse sin saber cuándo será el regreso, y resistir, todos los días, con la esperanza de que el sacrificio valga la pena.

Entre todas esas historias, hay una que en estos días ha conmovido profundamente: la de Alberto García Zárate, un migrante oaxaqueño de 34 años de edad que, como tantos otros, se fue en busca de una vida mejor y terminó encontrando algo distinto… algo más profundo.

Durante tres años trabajó como ayudante de cocina en Nueva York, en los Estados Unidos. Lejos de su familia, de su tierra, de todo lo que le daba sentido. Y entonces, la vida le puso una dura prueba: su madre fue diagnosticada con cáncer.

En medio del miedo y la incertidumbre, Alberto hizo lo que millones de mexicanos hacen cuando ya no queda más: tuvo fe. Y prometió.

Prometió que, si su madre sanaba, regresaría a su pueblo para cargar una cruz y representar a Jesús en el viacrucis de su comunidad, Tlalixtac de Cabrera, ubicado en los Valles Centrales del estado, a unos 20 minutos de la ciudad de Oaxaca.

Su madre sanó. Y Alberto volvió.

No porque fuera fácil. No porque le fuera mal en Estados Unidos, como el mismo refiere. Volvió porque hay promesas que pesan más que cualquier frontera. La oración y la fe, según cuenta el mismo Alberto, hicieron que su mamá se recuperara, por lo que de manera voluntaria el año pasado regresó de los Estados Unidos para cumplir su manda.

Desde su llegada comenzó a prepararse. Caminatas interminables, entrenamientos extenuantes, ensayos diarios desde el pasado mes de diciembre. Compitió con más de 20 personas para poder representar a Jesús y cumplir su promesa. Preparó no solo su cuerpo, sino su alma.

Este pasado Viernes Santo, ante más de 10 mil personas, cargó una cruz de 100 kilogramos de peso durante casi dos kilómetros. Sintió el peso, el dolor, el cansancio… y también algo más: el cumplimiento de una promesa hecha desde el amor más profundo.

Alberto cuenta que vivió el sueño americano, pero que ahora su felicidad es estar con su familia y especialmente con su madre, por lo que no tiene pensado regresar en el corto plazo a los Estados Unidos.

Fue golpeado. Cayó. Se levantó. Tanto en su estadía en los Estados Unidos, como en la representación del Viacrucis en Tlalixtac de Cabrera, donde participan cerca de cien personas entre actores y voluntarios, quienes han logrado que la representación de la pasión y muerte de Jesús, se realice desde el año de 1975 y que actualmente sea la más grande del estado de Oaxaca, donde además se caracteriza por su realismo y participación de la misma comunidad.

Al final, Alberto fue crucificado en una representación tan real como su historia. Pero lo verdaderamente conmovedor no fue la escena. Fue su decisión, el cumplir su promesa, porque pudo haberse quedado. Pudo haber seguido persiguiendo el llamado “sueño americano”. Pero eligió regresar. Cumplir su promesa. Eligió a su madre. Eligió a su comunidad. Eligió no olvidar quién es.

En un mundo donde muchas veces se mide el éxito en dólares, Alberto nos recuerda que hay cosas que no tienen precio: un abrazo a tiempo, una promesa cumplida, el privilegio de estar donde el corazón pertenece.

Su historia no es solo la de un viacrucis. Es la de miles de migrantes que viven entre dos mundos: al que llegan y le dan la vida con su trabajo y el que nunca dejan de extrañar.

Es la historia de quienes sostienen a sus familias desde lejos, de quienes resisten la discriminación, el miedo y la incertidumbre, pero que nunca pierden la esperanza de volver.

Hoy, cuando vemos llegar a nuestros paisanos, no deberíamos ver cifras ni estadísticas. Deberíamos ver historias como la de Alberto García Zárate: historias de amor, de fe, de sacrificio. Y entender, de una vez por todas, que migrar no debería ser una condena, ni regresar un acto extraordinario.

Porque nadie debería tener que irse para poder vivir. Pero quien se va… merece siempre un país al que valga la pena volver.

* Diputada local y presidenta de la Comisión de Atención a Personas Migrantes en el Congreso de Morelos

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