Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín
El sumo de dinosaurio —ese petróleo que corre como sangre por los circuitos del poder— marca los tiempos de la geopolítica contemporánea. Hoy, ese flujo oscuro parece señalar el ritmo de una posible escalada a la temida tercera guerra global. En torno a él se mueven ejércitos, alianzas y discursos que algunos ya relacionan con la sombra de un nuevo conflicto mundial.
Los energéticos y la economía global explican buena parte del interés de diversas potencias en el conflicto que enfrenta a la potencia norteamericana y a Israel con Irán, así como en la tensión permanente en el estrecho de Ormuz. El suministro de recursos fósiles —el llamado “oro negro” y el gas— hacia Europa se ha convertido en un elemento geopolítico fundamental. En ese tablero, varias naciones europeas han entrado en el esquema de la confrontación.
China y Rusia tampoco permanecen al margen. El primero por su fuerte dependencia de energía a precios accesibles; el segundo por su alianza estratégica con Irán, país que ha suministrado miles de drones que han sido utilizados en la guerra contra Ucrania. Estas circunstancias evidencian la compleja red de intereses que gravitan alrededor del conflicto con Irán, un régimen autoritario con influencia en diversas regiones y cuya confrontación con Occidente podría escalar hacia un conflicto global de consecuencias imprevisibles.
Este escenario contrasta profundamente con otro caso: Haití. ¿Se acuerda, amable lector, de Haití? Ese país caribeño que desde hace años se encuentra atrapado en una espiral de violencia, controlado en amplias zonas por bandas criminales que cometen actos aberrantes contra su propia población.
Han pasado años desde que esa crisis se hizo evidente y, sin embargo, ningún país ha intervenido de manera decisiva. Ni la ONU, ni los países latinoamericanos que suelen abogar por la paz, ni España que insiste en soluciones democráticas, ni las potencias que hoy se muestran beligerantes en otros frentes. Nadie ha hecho realmente algo. La razón es sencilla y brutal: ahí no hay petróleo, no hay gas, no hay recursos estratégicos ni una posición geográfica que altere el equilibrio global. Por eso, el conflicto haitiano no amenaza con desatar una guerra mundial.
Mientras algunos países arden en el tablero internacional, en nuestro Morelos —aparentemente lejos de bombas, drones y discursos incendiarios— también se vive una forma distinta de conflicto. Aquí desaparecen jóvenes, mujeres y hombres. Y ambos duelen, porque ambos tienen familias.
Ahí está el caso de las estudiantes de la UAEM y el conflicto que enfrenta a distintas facciones con la rectoría, o el de los dos jóvenes que desaparecieron cuando viajaban en un taxi rumbo a Guerrero. En ambos casos, familiares y amigos tuvieron que recurrir a bloqueos y manifestaciones para visibilizar lo ocurrido y provocar la intervención de las autoridades, porque si un caso no adquiere relevancia pública, pareciera que queda condenado a formar parte de las abrumadoras estadísticas de impunidad que existen en nuestro país -como ejemplo ahí están los bloqueos en el AICM o la autopista del Sol, que ya son una tradición-.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué se necesita para que la autoridad actúe?
No es una pregunta retórica; es una cuestión fundamental. ¿Qué pasaría si en lugar de sangre tuviéramos oro negro corriendo por las venas? Sin duda, los intereses internacionales y nacionales serían distintos.
La historia demuestra que los poderosos se movilizan por intereses: las potencias por los recursos estratégicos; los gobiernos por la presión que amenaza su estabilidad. Para los ciudadanos, el escándalo social y la presión pública siguen siendo los pocos mecanismos capaces de romper la inacción institucional.
Tal vez por eso hoy vivimos una presión sin precedentes sobre el ejercicio de la libertad de expresión. En un contexto donde denunciar y visibilizar se han vuelto herramientas de defensa frente a la indiferencia del poder, la palabra pública incomoda cada vez más a los actores políticos (ver caso del dato protegido 2 por el uso de un chat privado -whatss app- para expresar opiniones).
Y mientras el mundo discute el precio del petróleo y el equilibrio del poder global, en muchas comunidades la lucha cotidiana sigue siendo mucho más simple y mucho más urgente: que una desaparición no sea solo un número más.




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