POR JUAN LAGUNAS P.
Los libros son marejada: atraen. El Palacio de Minería (en la Feria Internacional del Libro), el 28 de febrero (a las 16:40), era un pote inmenso de ejemplares, volúmenes, fascículos, revistas, leyentes… Mis ojos se extraviaron en “Circulo de Poesía”, donde adquirí La nadadora deshuesada, de Linda María Baros. Lo abrí, al azar, en “La calle es una casa inacabada”:
“Hoy ya no peleo con los muros (…)
Entre las nubes calizas que eclipsan la clínica,
los pájaros cicatrizados en el cielo (…)”.
Viro. Alguien me da una palmada en el hombro. En tanto, el afluente de faces, imperturbable. Tras el primer tramo de los escalones, Sabines (en el descanso):
“Es inútil. Todo vuelve a nacer.
Para la obscura boca que nos traga,
para el amor y el odio,
Romance
para el llanto,
aquí estamos”.
Se trata de 60 minutos extáticos (interpolados en la membrana de la nada). Giro. Desciendo. Leo -ágilmente- a Armida de la Vara. Casi tropiezo. Empero, me siento solo (en medio de la barahúnda… El oleaje improcedente de espiraciones enajenadas). La sed, inclemente; malsana.
Luego, un haikú:
“Por un instante,
el día fue noche.
Temor ancestral”.
La tarde se precipita en el detenimiento. ¿Nunca estuve ahí? No soy ahora. Ni fui. Camino entre las páginas. Salen al encuentro: cubiertas, lomos, solapas, frontispicios, índices y reminiscencias. Me toma una mano suave. Confío… Desde hace 35 años.
Exangüe, avanzo. Enfrente, una idea actualizada de Maquiavelo; es decir, la cita de Enrique E. Marí (en torno a Michel Foucault): “la verdad interpela a una cuestión política, y no está fuera del poder ni carece de poder (…) cada régimen social acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos ciertos discursos, y oblitera otros”. También me obstruyo. En Dickinson: “Una espesa penumbra envuelve la consciencia”.
Atrás quedó la alambrada, que respira. Continúo. Con sigilo, esquivo. Acá. Arriba, abajo. En el pensamiento, mi hermano, con su ansiedad por Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (transliterado en Arturo Belano). El ajamiento, corrosivo e imprudente. Todos -y nadie- me siguen. Desaparezco en la entrada.
Ya pasé el patio principal con arcadas. Abajo de la cantera y la simetría rigurosa, la ingesta de un brebaje insólito (fusión de centeno, trigo y algo más).
En el nido de cuervo (imaginario), lo estentóreo: dispersión a la vista.




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