Por Dr. Angel Darién Zapata Marín

“Cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”. Jean-Paul Sartre.

Hay años en los que la historia avanza con paso lento, casi imperceptible. Y hay otros en los que, como si el tiempo se comprimiera, se concentran acontecimientos que reconfiguran regiones enteras y alteran el equilibrio mundial. Los días recientes parecen pertenecer a esta última categoría: episodios que hace poco habrían parecido improbables hoy son hechos consumados. La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, y la eliminación del ayatolá Ali Jamenei, figura central del poder político y religioso en Irán, marcan, cada uno en su propio contexto, puntos de inflexión profundos (es curioso que cada uno tenía una fuerte inclinación religiosa dentro de su propio rito, y aun así sembraron dolor y terror en sus países de origen).

Más allá de las múltiples versiones que rodean ambos acontecimientos, lo cierto es que su ausencia genera vacíos de poder y obliga a reacomodos políticos. No puede negarse que ambos ejercían autoridad en vastos territorios: uno desde la clandestinidad y con la complicidad de diversas estructuras y niveles de gobierno; el otro desde la cúspide formal de un Estado teocrático. Dos formas distintas de poder —una criminal, otra institucional— que, sin embargo, compartían una misma capacidad de influir en la vida cotidiana de millones.

En el caso iraní, surgen cuestionamientos sobre la legalidad de una eventual intervención extranjera bajo la lógica de un “ataque preventivo”. En el ámbito mexicano, no son menores las interrogantes sobre la presión internacional que pudo haber pesado sobre el gobierno para actuar contra el líder del cártel (intervención directa de la potencia del norte). Las fronteras entre soberanía, cooperación internacional y geopolítica se tornan difusas cuando los intereses estratégicos están en juego. La historia reciente ya ha mostrado escenarios semejantes en países como Venezuela, donde la figura de Nicolás Maduro ha sido centro de tensiones internacionales que mezclan legitimidad, recursos energéticos y alianzas con otras potencias contrarias a los intereses geopolíticos de la nación norteamericana.

Resulta paradójico que, mientras los organismos internacionales promueven discursos sobre compromisos climáticos y un orden mundial basado en normas y cooperación supranacional, la realidad demuestre que los recursos energéticos fósiles (como broma jugo de dinosaurio) siguen determinando decisiones estratégicas. El ideal del globalismo, sustentado en reglas compartidas y multilateralismo, parece enfrentar un franco declive. En su lugar, resurgen lógicas de poder duro, alianzas circunstanciales y disputas abiertas por influencia y control por recursos estratégicos (tierras raras, oro, recursos fósiles, entre otros).

En este tablero de ajedrez mundial, la ciudadanía común ocupa un lugar marginal. Mientras en los escritorios más influyentes se definen estrategias en nombre de la población que dicen representar, ésta completamente ajena sólo le queda esperar y aceptar, aspirando a no convertirse en daño colateral de los intereses de los poderosos.

En México, se convive con la violencia mientras se preserva la esperanza. En Irán, se resiste bajo estructuras que parecen inamovibles pero que hoy muestran fisuras. La pregunta que queda suspendida es si estos cambios abrirán paso a un orden más justo o si simplemente marcarán el comienzo de una nueva etapa de confrontaciones. La paz de los de arriba se construye sobre el silencio y la muerte de los de abajo.

Al momento de cerrar esta edición, una nueva noticia sacude el escenario internacional: la declaración de guerra entre Pakistán y Afganistán. Aunque por su distancia geográfica, cultural e ideológica podría pensarse que se trata de un conflicto ajeno a nuestra realidad inmediata, lo cierto es que su sola irrupción confirma que este año estará marcado por un aumento de tensiones bélicas en distintas regiones del planeta.

Este nuevo enfrentamiento parece reforzar una tendencia preocupante: la primacía de la lógica de la fuerza sobre la del derecho internacional. El tablero global da señales de estar regido, cada vez más, por la capacidad de imposición del actor más poderoso, por encima de los mecanismos multilaterales diseñados para contener los conflictos.

Algo similar ocurrió cuando estalló la guerra entre Rusia y Ucrania. Lo que en un inicio parecía un conflicto regional terminó desencadenando transformaciones profundas a escala mundial: alzas en los precios de energéticos y alimentos, reconfiguración de alianzas estratégicas y una renovada carrera por fortalecer capacidades militares. Más aún, abrió la puerta a que diversos líderes de potencias interpretaran aquel precedente como una señal de que la voluntad del más fuerte podía imponerse frente a la arquitectura del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial (el que justo o injusto al menos por varias décadas proporcionó cierto orden y paz mundial entre las naciones).

La historia reciente demuestra que ningún conflicto es verdaderamente lejano en un mundo interconectado. Las guerras, aun cuando se desarrollan a miles de kilómetros, terminan por afectar mercados, decisiones políticas y equilibrios de poder que impactan directa o indirectamente a todas las naciones.

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