Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín

En la era de las identidades líquidas y las realidades fragmentadas, han surgido comunidades como los therians, personas que afirman experimentar una identidad espiritual o psicológica vinculada con un animal. Más allá del juicio fácil o la caricaturización, el fenómeno habla de algo más profundo: la búsqueda de pertenencia, de sentido, de refugio frente a un mundo que muchas veces se percibe hostil. En cierto modo, es una metáfora contemporánea de adaptación.

Algo parecido evocó el reciente descubrimiento de una nueva especie (Yakacoatl tlalli), una serpiente subterránea en Puebla. Un ser que ha evolucionado para vivir bajo tierra, lejos del bullicio, invisible a simple vista. Mientras la ciencia celebraba el hallazgo, la superficie del país ofrecía una narrativa opuesta: la violencia persistente, el miedo cotidiano, la fragilidad de la vida pública.

En San Luis Potosí se reportó el secuestro del hijo de un exsenador (Jorge Luis Preciado). En Puebla, la desaparición de dos padres de familia que, según versiones difundidas, habrían sido localizados sin vida -sólo llevaron a su hijo a la escuela y después ya no regresaron (Karina de los Ángeles Ruiz y Alexandro Agustín Tello)-. La muerte de una alumna de bachillerato en Acapulco (Melany Gissel Bravo) que estremeció a su comunidad educativa -no hizo nada solo fue a la escuela y murió por un ataque armado-. Son hechos distintos, pero conectados por una constante: la sensación de que nadie está completamente a salvo.

En paralelo, el debate público ha girado hacia la austeridad y los límites a las pensiones de altos funcionarios. Durante años se documentaron excesos en diversas dependencias —como la Comisión Federal de Electricidad, Luz y Fuerza del Centro y Nacional Financiera— donde algunas jubilaciones alcanzaban montos cercanos al medio millón de pesos mensuales. La corrección de esos abusos parece razonable en un país con profundas desigualdades. Sin embargo, el contraste es brutal: mientras se discute cuánto debe ganar un alto funcionario retirado —limitado a un porcentaje del salario presidencial 50% según la propuesta— muchos dudamos siquiera de llegar con vida a la edad de retiro.

¿De qué sirve planear, aunque sea algo modesto -franciscano-, si la expectativa de seguridad es incierta? La pregunta no es retórica: refleja un clima social donde la longevidad se percibe menos como un derecho biológico y más como un privilegio estadístico.

Aquí la serpiente subterránea se convierte en símbolo inquietante. ¿No sería mejor, como ella, pasar inadvertido? ¿Evitar reflectores, cargos públicos, notoriedad económica? En un entorno donde la visibilidad puede atraer la atención de fuerzas obscuras, la discreción parece estrategia de supervivencia. La lógica del repliegue —vivir sin destacar, no opinar demasiado, no exhibir prosperidad— se ha instalado en el imaginario colectivo.

Pero el problema es más profundo que la violencia. También es cultural y político. En un país donde un servidor público se atrinchera de manera inédita en sus oficinas generando escándalo -Marx Arriaga-, y otro abandona la encomienda legislativa para ingresar a un reality show -Sergio Mayer-, las prioridades parecen difusas. ¿Dónde queda la responsabilidad institucional? ¿Dónde la racionalidad en la función pública?

El contraste es desconcertante: ciudadanos que viven con temor mientras algunos representantes parecen atrapados entre el espectáculo y la confrontación mediática. El “realismo mágico” tantas veces atribuido a México adquiere un matiz distinto: no es la fantasía literaria de Gabriel García Márquez, sino una mezcla de absurdo político y tragedia social donde lo extraordinario se vuelve cotidiano.

Quizá los therians, con su identificación simbólica con lo animal, revelan algo involuntario: la necesidad de adaptación ante entornos adversos. Pero una nación no puede organizarse bajo la lógica del camuflaje ni del instinto de huida. No podemos aspirar a ser una sociedad subterránea volviéndonos “neonahuales”.

México necesita recuperar la centralidad de la vida humana y del servicio público como vocación, no como espectáculo. Necesita que la discusión sobre pensiones, salarios y austeridad no eclipse la urgencia mayor: garantizar que cada ciudadano pueda transitar, estudiar, trabajar y envejecer sin miedo, ¿de qué sirve pensar en el futuro si la violencia amenaza con arrebatarnos el presente?

La serpiente de Puebla ha sobrevivido bajo tierra porque su biología así lo exige. Nosotros, en cambio, no estamos hechos para escondernos. Un país que normaliza la invisibilidad como estrategia de supervivencia renuncia, poco a poco, a su espacio público. 

Entre la adaptación instintiva y la responsabilidad colectiva, la elección es clara o aceptamos vivir como criaturas subterráneas en nuestro propio territorio, o reconstruimos —con razón y sentido común— las condiciones para que la luz no sea un riesgo, sino un derecho. 

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