Por Daniel Alcaraz
La senadora Juanita Guerra Mena decidió colocarse en el papel de víctima después de haber sido exhibida utilizando un salón de belleza dentro del #Senado de la República en pleno horario laboral. Entre lágrimas y acusaciones de persecución, recurrió a un concepto que hoy parece acomodarse a conveniencia: la sororidad. Según su versión, el señalamiento público busca dañar su imagen por las denuncias que ha interpuesto contra actores políticos con influencia en #Cuautla y a nivel estatal.
Es cierto que la senadora ha presentado denuncias contra el alcalde de Cuautla, Jesús Corona Damián, y contra el exgobernador Cuauhtémoc Blanco, hoy diputado federal de Morena. Ese hecho no se discute. Lo que sí merece ser cuestionado es la narrativa que ahora pretende imponer. Guerra Mena apela a la solidaridad de sus compañeras senadoras, a la empatía entre mujeres y al respaldo frente a lo que llama ataques políticos. Sin embargo, esa misma sororidad nunca fue acreditada por ella cuando una mujer denunció públicamente un intento de abuso sexual por parte del exfutbolista. En ese momento, la senadora guardó silencio. No hubo empatía, no hubo acompañamiento, no hubo defensa de la víctima.
La incongruencia no termina ahí. Mientras hoy exige comprensión y sensibilidad, la senadora ha sido sistemáticamente ajena al miedo cotidiano que viven miles de familias morelenses atrapadas entre la violencia, la extorsión y la ausencia de autoridad. No hay pronunciamientos firmes por tanto feminicidio que ocurre en Morelos, no hay gestiones visibles, no hay cercanía con quienes viven en colonias y municipios donde el gobierno estatal simplemente no existe. Morelos enfrenta una crisis de inseguridad que ha normalizado el miedo, y frente a ello, la senadora ha optado por la comodidad del cargo y el privilegio.
Ese privilegio se materializa de forma ofensiva en la escolta que la acompaña. Más de 20 elementos federales de la Guardia Nacional resguardan a la senadora de manera permanente. Una protección desproporcionada en un estado donde policías municipales y ciudadanos comunes enfrentan al crimen sin respaldo alguno. La ironía es mayor si se considera que Guerra Mena preside la Comisión de la Guardia Nacional en el Senado, posición desde la cual ha normalizado este abuso de recursos públicos para su seguridad personal y familiar, mientras la población permanece indefensa.
Una senadora que pide sororidad para sí misma, pero que nunca la ejerció cuando una mujer violentada denunció a un poderoso. Una legisladora que exige empatía mediática, pero que ha sido indiferente al dolor colectivo de Morelos. Una representante popular que se dice perseguida, pero que vive blindada por un aparato de seguridad que el ciudadano común jamás tendrá.
¿Entonces, quién es realmente quien no ha sido empática ni sorora con el pueblo de Morelos?




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