POR JUAN LAGUNAS

No tuve aprisco. Te conduje, sin proponérmelo, al degolladero. Cadalso de angustia y avaricia. Descendencias secas, que no desmoronan. Agrura de nada. Sin creación. Escapo de inmodestia.

            Fui vaporoso en mi facundia, al querer asesinarte, adelante del exconvento. Donde una vez, espontáneamente, vi a Róbert y a Janet (par de afecto perpetuo). Mi cara, en derrumbe, no podía indicar un insulto. Al contrario, intenté disminuir el centro de gravedad: la quilla, cerca, estable. Empero, en cubierta, el bamboleo. Columpio desnaturalizado. 

            Te puse ahí, a través de mi majadería. No debí haber nacido (¿lo escribí?). Ya, acá, mi búsqueda: Tú. El consuelo. El arrimo de regodeo. Es decir, la posibilidad de que mis lágrimas desagüen en un destino incierto: tus piernas.

            Y, en momentos, la comparación: la profundidad e intensidad de la tristeza (sobre la amplificación del mar). En la salobre, para mostrar enfado. Indecisión. Jadear como una marsopa; cetáceo incontinuo. Ver el arrecife encima del leito: tilla de ti. 

            Verbigracia, en los siglos XVIII y XIX, la Armada Inglesa reclutaba hombres para el ejército -ofreciendo un chelín real-.  Al aceptarlo, significaba que consentían en unirse a las filas. Me sumo al desprecio. En “Rosario”, José Martí expresa:

En ti pensaba, en tus cabellos

Que el mundo de la sombra envidiaría,

Y puse un punto de mi vida en ellos

Y quise yo soñar que tú eras mía.

            Pécora, en un apero anónimo. Eso dice el vate. Entonces, junto, escribí:

No hay tiempo. La altura, en noche. Cofa. 

El pasado confinamiento. Cádiz.

            Tres escotas sueltas (“al viento”); las velas se agitan sin control, haciendo que el barco se tambalee. Sigue: 

Vivir: Saber morir; así me aqueja

Este infausto buscar, este bien fiero,

Y todo el Ser en mi alma se refleja,

¡Y buscando sin fe, de fe me muero!

            No tengo alcance para el espumarajo. Era de candelilla; trascendencia de la palabra ininteligible. Bloque. Vigota utilizada en el apresto. ¿Recuerdas cuando te acompañé en la oscuridad y, en la puerta de tu casa, el beso -anhelado- fue inevitable? Lee a Sabines:

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.

Haces tus cosas diariamente y piensas

y yo pienso y recuerdo y estoy solo.

A la misma hora nos recordamos algo

y nos sufrimos (…)

Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,

se me caerá la carne trozo a trozo.

Esto es lejía y muerte.

El corrosivo estar, el malestar

muriendo es nuestra muerte.

            Léeme: me voy (sin moverme).

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