Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín
Este año nuevo inició sacudiéndonos, para ejemplo de ello, primero nos despertó con un temblor con epicentro en Guerrero, que produjo algunos daños y pocos muertos en la Ciudad de México, para después despertarnos con uno que cimbró la política global, pues ahora nos despertamos con la noticia de la captura de Nicolás Maduro (y su esposa), circunstancia que en si misma marca el cierre de uno de los capítulos más complejos y prolongados de la historia contemporánea de Venezuela. Tras años de sanciones, aislamiento diplomático y una crisis interna sin precedentes, el arresto del líder chavista —bajo cargos que van desde violaciones a los derechos humanos hasta narcotráfico— abre un escenario de incertidumbre y esperanza a partes iguales para sus seguidores y opositores.
El hecho es un colapso desde adentro, pues resulta extraño que haya ocurrido sin ayuda interna del propio régimen, que desgastado por la asfixia económica y la erosión sistémica en el apoyo militar hizo insostenible la permanencia de Maduro en el Palacio de Miraflores. La ejecución de las órdenes de captura pone fin a un cuestionable ciclo de más de una década de mandato, dejando un vacío de poder que deberá encausarse mediante una transición negociada hacia elecciones libres.
Frente a ese escenario ¿qué hacer con la polarización que fomentó ese gobierno autócrata?, que produjo el éxodo posiblemente más grande de la historia moderna, ¿cómo asumir la legalidad de la acción o la legitimidad del propio régimen que tantos efectos generó no sólo en su pueblo, sino en la región?.
La salida de Maduro no es solo un evento doméstico; es un sismo que redefine las alianzas en las Américas, ya que para aliados estratégicos como Rusia, China e Irán, la pérdida de su principal enclave en el Hemisferio Occidental representa un retroceso logístico y comercial, pues Venezuela sirvió como puerta de entrada para la influencia euroasiática en la región; y, sin Maduro, estos países pierden un voto seguro en foros internacionales y un socio clave en el mercado energético fuera de la órbita occidental.
La caída de Maduro también tiene otro efecto, obliga a los gobiernos de izquierda en la región (como los de Brasil, Colombia, Chile e incluso México) a recalibrar su discurso, pues ahora es más claro que los intereses de la potencia Norteamericana se concentran en el continente Americano y, con este manotazo envía un mensaje claro a los lideres de la región, en cuanto a la reactivación de la llamada doctrina Monroe, afectando en vía de consecuencia la viabilidad financiera del régimen cubano, pues sin la ayuda del petróleo de Venezuela o México, no se ve cómo dicho gobierno pueda subsistir frente al descontento de su población.
Estas tensiones podrían traducirse en una reconfiguración de alianzas regionales, afectando la cooperación en temas como comercio, migración, derechos humanos y seguridad en diversos países de la región.
Además, la salida de Maduro -cuestionable o no, según la opinión del lector-, estabiliza la crisis migratoria y de seguridad de su país, aspecto que podría traducirse en un equilibrio económico bajo el nuevo gobierno de transición, pues el flujo migratorio —que ha llevado a millones de venezolanos a desplazarse— podría revertirse o, al menos, detenerse. Esto aliviaría las tensiones sociales y presupuestarias en países como Colombia, Perú y Ecuador, permitiendo una mayor integración regional a través de bloques como la Comunidad Andina.
Otro efecto subsecuente se relaciona con el escenario mundial en los mercados de los energéticos, cuya volatilidad ha enturbiado sus precios. Ahora, con una Venezuela en transición, libre de sanciones directas al crudo, podría reintegrarse plenamente como el gigante petrolero que es, fortaleciendo la seguridad energética de Occidente y diluyendo la dependencia de fuentes menos estables, que han modificado los precios internacionales de los energéticos.
La captura de Maduro es un evento de gran impacto que no solo afecta a Venezuela, sino que tiene profundas implicaciones para la geopolítica mundial, la cual ya presentaba una alta incertidumbre, pues ahora se prevé un reordenamiento regional y global con posibles cambios en alianzas políticas, aumento de tensiones diplomáticas y militares, reajustando diversas dinámicas de poder en la región y con otras potencias.
La evolución de esta situación será clave para entender el futuro inmediato de Latinoamérica en términos de estabilidad, seguridad y desarrollo, por ello debe evitarse que Venezuela se convierta en un Estado fallido o en un territorio en disputa entre facciones militares remanentes. La intervención de organismos internacionales -OEA y la ONU- será crucial para garantizar que el vacío de poder sea llenado por instituciones democráticas y no por una nueva casta autoritaria. La historia dirá si este fue el inicio de un renacimiento continental o el prólogo de una nueva crisis.
La captura de Nicolás Maduro irrumpe como un hecho inesperado que profundiza el desconcierto de un mundo ya marcado por la incertidumbre geopolítica.




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