POR JUAN LAGUNAS
Era un buen conversador. Su género, el opúsculo. De sus autores favoritos asimiló la brevedad: Monterroso, verbigracia. Analizamos -hasta la consunción- “La autopista del sur”, de Cortázar. Chéjov, su constancia. De éste destaca: “Una mujer insubstancial” (como la que se asomó en la alharaca, repartiendo estrujones de simulación, en un espacio glacial. Con su palabra engañó. Dio resuello y, cuando el prospecto entretejió la declaración amorosa, aquélla lo lanzó al vacío).
Don Enrique -que se fue en letras de silencio- fue mi amigo. Logré, con la verdad en mi pensamiento, despojarlo de la idea errónea del dios de Espinoza (la naturaleza. El panteísmo hereje. La incredulidad). Entonces, reiteré mi conclusión: hay que tener un cuidado extremo ante los embates de la secularidad (el demonio vapulea).
Tenía una memoria casi excepcional. Repetía frases pertinaces. Por él leí “Magallanes”, de Zweig (al igual que Borges, acentué el placer, a través de su relectura). “María Estuardo”, genial. Asimismo, “Sangre negra”, de Richard Nathaniel Wright.
El tópico central de nuestras conversaciones siempre fue la literatura. Ensimismados, sin proponérnoslo, surgían las bagatelas: el movimiento del entorno, la lotería, los vínculos consanguíneos, la gastronomía (Romanos 14:17: “porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”). La mejor decisión: recibió a Cristo -como su Salvador-.
Un fin de semana, en Taxco, nos sentamos debajo de un árbol, tras el mediodía. No dijimos nada. El vocablo silente significa afecto sincero. Es como un muelle no visto. Un velero sobre el mar de la desolación.
Me confesó el aguijón que lo seguía desconsolando: la bilateralidad del embrollo filial. Quería mucho a sus vástagos. A una le puso el nombre en honor a la escritora sueca, Selma Lagerlöf (1858-1940). En tanto, “La luna y seis peniques”, de Somerset Maugham, mereció una atención específica, puesto que lo leí en unas horas (no dormí). Él se sobresaltó.
De la impresión, a la angustia: la muerte de uno de sus hijos. En torno a ello, es preciso expresar que el Señor posee un pensamiento superior al nuestro. No podemos comprenderlo. Nuestro tiempo, inaceptable. La sabiduría del orbe, insensatez. Somos neblina que se disipa. Polvo desperdigado en el borde de la muerte… Inmundicia que se va…
En “La feria del taco” (un restorán que se ubicaba en la calle de “Rayón”, en el centro de Cuernavaca) erigíamos diálogos de remembranza: sus experiencias en el otrora IFE, en las oficinas antiguas. ¡Cómo olvidar la broma que le hizo a Martha!
Un jueves lo visité en su casa. Me recibió con gusto. Palpamos libros (colocados en un librero de madera). Leyó uno de sus cuentos. Reímos. Sabía escuchar. Conocía parte de mi infancia (de mi relación con mi padre, a quien extraño. No se ha ido. Está en el aire; no, en la lápida). Ese mismo día vi a Toño; iba con Ale.
Desde 2021 o 2022 no supe de su existencia. Me asilé en el trabajo (y, sobre todo, en contradecir el acoso de la depresión, que no cesa). Esa concavidad oscilante, que atrae lágrimas.
Luego, la reseña de su éxodo (en voz de Jorge). Quedé impasible. No supe del destiempo (en unos segundos breves y minuciosos). Mi corazón se contuvo. El aliento es un momento de infortunio. No sé qué ocurrirá en el minuto siguiente. Lo extraño. No fue.




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