Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín

Reconocer la valentía de Aranza Reyes Ramos no es solo un acto de justicia moral, sino también un llamado a la conciencia colectiva. Comparecer ante el Congreso del Estado para presentar una “iniciativa” ciudadana, nacida del dolor más profundo que puede vivir una familia —el horrendo homicidio de sus hermanos en un bar—, exige una fortaleza que pocos logran reunir. Bien se dice que cuando los hijos mueren no existe una palabra que nombre esa pérdida; y es verdad, porque ese quiebre transforma la vida para siempre. Sin embargo, hay quienes, desde esa herida abierta, deciden que el sufrimiento no sea estéril.

El caso de Aranza se inscribe en una larga y dolorosa historia donde la tragedia impulsa acciones que buscan proteger a otros. México conoce ejemplos claros: la fundación Michou y Mau, nacida del drama de niños quemados; la Ley Ingrid que surgió a raíz del feminicidio de Ingrid Escamilla; el caso de las Madres Buscadoras, el horrendo suceso ocurrido en la Guardería ABC (Hermosillo, Sonora); el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que Javier Sicilia encabezó derivado del homicidio de su hijo; y, en general muchas otras iniciativas ciudadanas que han surgido cuando el Estado llega tarde o resulta insuficiente. 

En todos ellos, el común denominador es el mismo: convertir lo peor en una oportunidad para hacer el bien y evitar que otras familias pasen por el mismo infierno.

La iniciativa presentada por Reyes Ramos pone sobre la mesa un problema que durante años ha sido ignorado en nuestra ciudad. En el afán de incrementar ingresos para el ayuntamiento, se ha permitido la proliferación de bares y centros nocturnos que, en no pocas ocasiones, operan sin cumplir cabalmente con los requisitos mínimos de seguridad. Salidas de emergencia inexistentes, aforos rebasados, falta de protocolos y supervisiones laxas crean escenarios de alto riesgo donde la diversión puede convertirse, en segundos, en tragedia. No se trata de estar en contra del desarrollo económico o la diversión, sino de exigir que este no se construya a costa de la vida y la seguridad de las personas.

Esta reflexión cobra un significado especial en el marco de las fechas navideñas. La Navidad nos invita a la empatía, al recogimiento y a la responsabilidad con el prójimo. Es un tiempo para pensar en la vida, en la familia y en el valor de cuidarnos unos a otros. 

Asimismo, en México, diciembre está profundamente marcado por la celebración de la Virgen, una figura que, más allá de la creencia religiosa de cada ciudadano, simboliza consuelo, esperanza y protección. Su presencia cultural nos recuerda a las madres que sufren, a las familias que cargan ausencias, y a la necesidad de no ser indiferentes ante el dolor ajeno.

Vincular estas fechas con la iniciativa de Aranza es inevitable. Nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué país y qué ciudad queremos construir? Más allá de informes oficiales y discursos institucionales, el verdadero rumbo de nuestra sociedad se mide por la capacidad de escuchar a las víctimas, de aprender de los errores y de transformar el dolor en políticas públicas que salven vidas.

Que este cierre de año nos encuentre reflexionando y actuando. Que la valentía de la familia Reyes Ramos no quede solo como un testimonio de dolor, sino como un parteaguas para asumir que la seguridad, la dignidad y la vida deben estar siempre por encima de cualquier interés económico o político. Solo así, con memoria, empatía y compromiso ciudadano, podremos aspirar a un futuro más humano y más justo. Somos Morelenses, tierra de lucha y resistencia. Si Zapata viviera, ¿con quién creen que estaría?. Con los que luchan por la justicia, por la tierra y por los derechos del pueblo. Con los que aún creemos en un México libre y digno.

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