Por Lorena Mejía

EL 25 de noviembre no nació de una conmemoración abstracta, sino de un acto atroz que abrió un quiebre histórico. En 1960 las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, fueron asesinadas por la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana. Su muerte reveló al mundo la violencia que el régimen pretendía ocultar y convirtió sus nombres en un símbolo de mujeres en resistencia. Décadas después el movimiento feminista tomó su historia como semilla, y después Naciones Unidas la transformó en el día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres.

Pero entre ese hecho histórico y nuestras historias existe un puente, un hilo que une el sufrimiento de las mujeres. La violencia cambia de rostro, pero no desaparece -se disfraza de amor romántico, de control que se confunde con cuidados, de silencios impuestos para mantener la paz. También se esconde en esos gestos pequeños que buscan hacerte sentir menos, que invalidan tu dolor o minimizan tus cicatrices. A veces tenemos que aprender a reconocer que lo que parece cariño es vigilancia, que muchas veces eso que sonaba a preocupación en realidad era un intento de moldear para encajar en esa expectativa ajena.

El 25N nos ayuda a mirar nuestra propia experiencia sin suavizarla. A veces no es un golpe ni un grito, es la crítica constante, el comentario que te hiere, la manipulación que te hace dudar de tu propia memoria.

Nombrar estas violencias también es una forma de resistencia. Por eso el 25N no es solo una fecha, es un recordatorio de que nuestras historias importan, de que cada mujer carga una batalla distinta y aun así todas buscamos lo mismo: un lugar seguro donde la dignidad no sea negociable. Reconocer la violencia emocional es un acto de ruptura, pero también de renacimiento. Darnos cuenta de cuantas veces callamos para evitar el conflicto, cuantas veces aceptamos lo injusto porque creímos que así funcionaba el amor. Sin embargo, no podemos seguir normalizando un amor que nos apaga.

Las Mirabal nos mostraron que la valentía no siempre se siente como fuerza; a veces se siente como miedo, pero un miedo que no paraliza. Y cada 25N volvemos a encender su memoria para recordarnos que no estamos solas, que caminar hacia nuestra voz también es un acto político. El amor, cuando es verdadero nunca exige renuncia a ti misma. Lo demás no es amor, es una forma más de violencia.

Al mirar atrás podemos entender como nuestras historias se escriben entre silencios rotos y decisiones difíciles. Pero también se escriben con esperanza, el25 N es el puente entre lo que nos hicieron creer y lo que ahora sabemos, que merecemos un amor que no duela, una vida que no se explique, una libertad que no se negocie. Ese es el legado de las Mirabal y también el nuestro.

Hoy al nombrar todo aquello que nos lastima, mirando estas historias podemos entender que el 25N no es solo memoria ni denuncia, es también un recordatorio de la responsabilidad colectiva que compartimos. Más allá de nuestras experiencias personales, este día nos invita a reconocer que la violencia contra las mujeres atraviesa países, generaciones y contextos. No es un problema aislado, sino una estructura que persiste y que exige la participación tanto de instituciones y sociedad para transformarla. Esta fecha es un punto de partida. Hablar, educar, acompañar, cuestionar y construir espacios más seguros se vuelve parte de un mismo acto, el sostener la vida y la dignidad de cada mujer. Recordarnos que la transformación no es individual, sino colectiva.

Lorena Mejía

Activista

Integrante de la Colectiva Divulvadoras 

Licenciada en Historia

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