Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez

Analista político y jurista.

La deuda pública mexicana alcanzó 52.3% del PIB en noviembre de 2025, una cifra que debería encender todas las alertas. No solo por el peso financiero que representa, sino por lo que revela en términos de conducción política. La economía, en contra de lo que muchos suponen, nunca está separada de la política; al contrario, es una de sus expresiones más nítidas. Cuando un gobierno se endeuda sin estrategia, cuando gasta sin explicar, cuando posterga reformas urgentes, lo que queda al descubierto no es un problema técnico, sino un problema de poder.

Del mismo modo, las protestas que en los últimos meses han sacudido al país —campesinos exigiendo apoyos frente a la crisis agrícola, maestros denunciando que la reforma educativa no les ha dado condiciones dignas y, más recientemente, la multitudinaria marcha de la Generación Z tras la muerte de Carlos Manzo— no son estallidos aislados ni expresiones de inconformidad pasajera. Son, en realidad, síntomas de un Estado que ha perdido su capacidad de diálogo, reflexión y corrección.

Y cuando un Estado pierde esa capacidad, lo que emerge es un fenómeno que el politólogo italiano Norberto Bobbio explicó con claridad: el poder sin contrapesos se vuelve torpe. Torpe para escuchar. Torpe para decidir. Torpe para gobernar.

Para Bobbio, la democracia no se define únicamente por elecciones libres. Ésa es apenas la puerta de entrada. La verdadera democracia se sostiene en los límites al poder: límites institucionales, legales, sociales, discursivos. Contrapesos que no solo frenan, sino que obligan a razonar.

Un gobierno que no enfrenta resistencia —ni en el Congreso, ni en los órganos de fiscalización, ni en la opinión pública— es un gobierno que no se ve obligado a explicar, persuadir, justificar o corregir. Y cuando esos procesos desaparecen, el poder no se fortalece: se degrada.

Esto es exactamente lo que estamos viendo en México hoy.

El endeudamiento mexicano no es, por sí mismo, inusual. Muchos países recurren a la deuda para financiar proyectos de infraestructura o amortiguar crisis cíclicas. El problema no es la deuda en sí, sino el para qué y el cómo. Y es aquí donde la falta de contrapesos se vuelve evidente.

Si hubiera límites efectivos —un Congreso independiente, instituciones fiscalizadoras robustas, una oposición articulada—, el país estaría debatiendo temas como: la revisión de proyectos prioritarios que consumen recursos sin criterios de rentabilidad. Pero ese debate no ocurre. La discusión pública es mínima y superficial. Las decisiones se toman sin deliberación seria. El déficit superior a un billón de pesos contemplado para 2026 pasó sin una revisión crítica de fondo.

Los campesinos, hartos de la caída en los precios, del abandono del campo y de la falta de apoyos, marchan porque ya no encuentran canales institucionales que atiendan su realidad.

Los maestros, históricamente organizados, protestan porque su precariedad laboral no se ha reducido y las políticas educativas parecen diseñadas sin escuchar a quienes están en el aula.

Los jóvenes, la Generación Z, se movilizan por la muerte de Carlos Manzo porque sienten que el Estado no puede protegerlos ni explicarles lo que pasa.

Estas tres protestas, distintas en origen, comparten un mensaje: el gobierno no está escuchando. Y cuando un gobierno no escucha, la calle se convierte en el único espacio de interlocución.

Pero la protesta social es un contrapeso incompleto. No tiene estabilidad, no tiene instituciones, no tiene permanencia, no tiene mecanismos de seguimiento. Exige, pero no legisla. Señala, pero no corrige por sí sola. Es, en el mejor de los casos, un freno temporal que advierte: lo institucional ya no funciona.

Resulta paradójico queal concentrar el poder, un gobierno cree estar fortaleciéndosecuando en realidad sucede todo lo contrario. La ausencia de crítica y debate convierte las políticas públicas en acciones erráticas y los diagnósticos en análisis superficiales. Las decisiones se adoptan con información insuficiente, los errores persisten sin corrección y la brecha con la sociedad se amplía cada vez más.

Bobbio diría que el poder que no enfrenta límites pierde inteligencia colectiva. No se retroalimenta, no se prueba, no se ajusta. La democracia necesita oposición no para bloquear, sino para mejorar.

La torpeza no proviene de la oposición. La torpeza proviene de la ausencia de oposición. La deuda creciente y las protestas sociales no son fallas separadas. Son manifestaciones distintas de un mismo problema: un gobierno sin contrapesos es un gobierno que piensa menos, que escucha menos y que gobierna peor. La mejor opinión es la de usted. www.migueljuris.commigueljuris.com

Personas sostienen un cartel durante una protesta este sábado, en inmediaciones del Palacio Nacional en Ciudad de México (México). EFE/ José Méndez

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