POR DR. ÁNGEL DARIÉN ZAPATA MARÍN
México vive un momento extraño, quizá uno de los más complejos de su historia reciente. Mientras miles marchan en distintas ciudades para exigir seguridad ante el aumento de delitos violentos, la conversación pública parece fragmentarse entre generaciones, plataformas digitales y narrativas que no siempre dialogan entre sí. Somos un país que reclama paz, pero que también intenta comprenderse a sí mismo en medio de una sociedad polarizada que ha perdido la confianza en sus instituciones.
En redes sociales, la Generación Z discute con ironía y creatividad los episodios más recientes de One Piece, defendiendo valores como amistad, libertad y lucha por el sueño propio, valores profundamente humanos que, paradójicamente, escasean en el escenario nacional. Mientras tanto, la clase política debate entre sí sin mirar que una juventud desconectada —no por apatía, sino por hartazgo— exige algo más que discursos reciclados. Una juventud que ya no cree en el modelo democrático tradicional de partidos; que siente que votar no cambia nada, que los acuerdos públicos son promesas huecas y que el país se sostiene por inercia y no por visión.
Este desencanto contrasta con los preparativos que la maquinaria gubernamental afina para ser anfitrión del Mundial de Futbol 2026. Una vitrina internacional que contrasta dolorosamente con los municipios donde la simple idea de caminar de noche es ya un acto de temeridad. ¿Cómo celebrar un mundial si la mitad del país vive sometida por el crimen o resignada a la indefensión institucional?. El entusiasmo por el deporte choca con la realidad cotidiana, y ese choque revela una disonancia: queremos mostrarnos al mundo, pero primero debemos empezar por reconstruirnos hacia adentro.
Al mismo tiempo, la polarización política —profunda, visceral, a veces irracional— divide a familias, amistades y comunidades enteras. Los algoritmos amplifican el enojo, los líderes políticos lo capitalizan y los ciudadanos terminan más lejos uno de otro. La división se convierte en un estilo de vida, como si elegir un bando fuera más importante que buscar soluciones. Esta fractura, que algunos líderes fomentan irresponsablemente, ha convertido la opinión pública en un campo minado. ¿Y frente a todo esto, cómo podemos soñar un solo México?
Quizá la respuesta no esté en los discursos, sino en lo que la misma sociedad está pidiendo. Las marchas por seguridad son un clamor por la vida. La fiebre por series como One Piece refleja la necesidad de historias donde el bien triunfa y los sueños son posibles. El Mundial nos recuerda que somos capaces de unirnos en torno a un objetivo compartido. El hartazgo ante los partidos políticos es una demanda por renovación del modelo político agotado; y, la polarización nos evidencia que todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo antes de que la fractura sea irreversible.
Soñar un solo México significa algo simple y profundo: entender que el país no se va a recomponer si cada quien lucha solo por su causa. La seguridad no se resolverá sin comunidad. La política no se sanará sin participación. La juventud no recuperará la fe si solo recibe cinismo. El deporte no será un puente si se usa como distractor. La cultura no será refugio si nos resignamos al conflicto permanente.
La pregunta deja de ser retórica cuando entendemos algo fundamental: ningún México podrá salvarse solo. Un solo México no es un eslogan: es un proyecto civilizatorio. Uno que implica reconstruir la confianza perdida, recuperar el espacio público y asumir que no existe libertad sin seguridad, ni seguridad sin instituciones, ni instituciones sin ciudadanía. No se trata de romantizar el futuro, sino de asumirlo como así lo hicieron los que nos precedieron.




Dejar un comentario