Por: JUAN LAGUNAS
Radiobaliza de salida. Desorden. El agua que no cae. Embociqué (esa noche) en ti. Confundí tu piel con la costa por proa. Largué un ancla -desaíra-. Fondee en serie. (en una misma línea).
¿Y la escandalosa? Se izó, por instinto, entre el mástil y el pico de una vela cangreja. Cada noche escribía. Miraba tus ojos en las letras, cuando las lágrimas eran emanación.
Me sedujiste: fuiste velero sin atadura horizontal (entre los obenques para subir a la arboladura). La palabra se adelanta al pensamiento y, en ese pogromo, se trasgrede.
Siempre. Entraste al francobordo: desde la raya de flotación, hasta la cubierta. Nicolás Guillén, en “Agua del recuerdo”, atraca:
¿Cuándo fue?
No lo sé.
Agua del recuerdo
voy a navegar.
Pasó una mulata de oro,
y yo la miré al pasar:
moño de seda en la nuca,
bata de cristal,
niña de espalda reciente,
tacón de reciente andar.
Vereda de muerte: el acorde del pelo, un instante. Me hice grímpola: banderola -de arrebato; inalterable-. Me dicen groera; me abro en las varengas para dar paso al agua de la sentina. O gratil que se opone al cielo. Sumidero. Albañal de indolencia: pignoración. Continúa (aquél):
El tiempo corrió después,
corrió el tiempo sin cesar,
yo para allá, para aquí,
yo para aquí, para allá,
para allá, para aquí,
para aquí, para allá…
El farol oscuro no reaparece. ¿Día? Ingenio de bosque, inestimable. Así es la prudencia de la irracionalidad. Al fin, foque: un triángulo. Uno, dos, tres…
Ando empavesado. Sentado: guindola: grillete… Driza. Tripulante que se quiere matar. El chicote pulsado (profano) detona en “Guitarra”, del aludido:
Tendida en la madrugada,
la firme guitarra espera:
voz de profunda madera
desesperada.
Su clamorosa cintura,
en la que el pueblo suspira,
preñada de son, estira
la carne dura.
De verdad: no puedo seguir el imbornal. No obstante, cada noche te sueño. Eres vela. Congoja.





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