Por: JUAN LAGUNAS P.

En la no gracilidad de las tres paredes, Nocturno 2, Opus 9, de Chopin. Afuera, el cielo atestado de nubes grises, que asedian; apesadumbran (como tus abrazos). Es la soledad distante; el velero de noche, que se pierde… (Antes, la oscilación longitudinal de éste, a causa del oleaje).

            Los abrazos de los muertos: la podredumbre dentro del féretro. Aun caminando, la descomposición va con él, deshaciéndose en el camino abrupto del callejón. La hacina, inabordable, al otro lado. Un silencio que queda tras el agotamiento deliberado (casual).

            Ese objeto de abedul, que se mezcla con el cieno, no tiene panel ni asas. Retraído, avanza. Esa vehemencia es el ansia de la declinación: el anhelo del Hades. Empero, la ignorancia reside en la ausencia: no sabe de la separación del alma, que es eterna.

            A cierta distancia, el bao: atraviesa de babor a estribor, sosteniendo las cubiertas y reforzando el fondo y los costados. Nada existe. No es. Se ve; es imagen brumosa. Y, fijada en el cabillero, su brazo extendido (siempre). En síntesis, ciaboga: hacia atrás… Donde no… Nadie. Vicente Aleixandre, en “Después del amor”, expresa:

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir
retraído.

            Se olvida del instante (fraccionado en momentos inequívocos, encubiertos en el pasadizo de la brevedad, que no transcurre; queda: en el esbozo: la pronunciación -sin signos hablados-). Más:

Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace
un instante, en desorden, como lumbre cantaba.

            Otra vez, la forma ternaria (A-B-A’). Es decir, el despliegue del viento (a favor de la humedad de la tarde):

El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su
forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de
la llama,

convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites

se rehace.

            No tardes, Señor. Acá, el regocijo (una apariencia). Nunca empezó. Acaba. El fin del atajo es una insignificancia, que frustra. El vate español insiste:

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,

delicadamente desnudos,

se sabe que la amada persiste en su vida.

            La querida es vicaria: sólo palia la angustia de la barbarie. Encubre el rastro de la ataguía de lágrimas. 

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