Por: Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
El reciente Premio Nobel de la Paz 2025 otorgado a María Corina Machado, líder opositora venezolana, no es únicamente un reconocimiento internacional: es un espejo incómodo que la política mexicana debería sostener frente a sí misma. Machado encarna la resistencia democrática desde el coraje cívico y el riesgo personal frente a un régimen autoritario que ha perseguido, inhabilitado y encarcelado a sus opositores. Su liderazgo reivindica la importancia del Estado de Derecho sobre la fuerza bruta y la dignidad cívica sobre la conveniencia política.
En contraste, en México observamos una preocupante tendencia del poder a caer en la frivolidad del autoelogio y en la falacia de la autopremiación. El contraste es revelador: mientras en Venezuela se construye legitimidad desde la adversidad, la crítica y la resistencia, en México la legitimidad se busca en la complacencia, el control narrativo y el aplauso prefabricado.
La esencia del liderazgo de María Corina Machado es la valentía de la crítica. Su lucha valida la disidencia como motor esencial de la democracia. En un contexto donde expresar oposición puede costar la libertad —o incluso la vida—, Machado ha demostrado que el poder legítimo no teme al escrutinio, sino que lo asume como un deber democrático.
El caso mexicano, sin embargo, parece transitar por un camino opuesto. La autocrítica se ha convertido en la gran ausente de la política nacional. La crítica legítima a políticas públicas o a nombramientos deficientes a menudo se descarta como un “ataque político”, mientras se privilegia un ecosistema de voces que minimizan errores y magnifican logros.
El episodio reciente de la llamada “autopremiación” refleja esa contradicción institucional: dependencias federales recibiendo condecoraciones de la propia administración, o el gobierno reconociéndose a sí mismo por supuestos logros en seguridad, justicia o programas sociales. Un ejemplo claro ocurrió este jueves 9 de octubre de 2025, cuando la Secretaría de Economía (SE) entregó el distintivo Hecho en México al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) y a Mexicana de Aviación, dos instituciones que son parte del mismo gobierno. Este acto, que resulta insólito y hasta ridículo, evidencia cómo el poder se premia a sí mismo y genera una ficción administrativa que simula avances donde persisten rezagos profundos.
Allá, en Venezuela, la palabra es resistencia. Aquí, en México, el discurso oficial busca blindarse en escenarios hechos a la medida, con auditorios llenos de palmas organizadas, donde el aplauso sustituye al debate público. La simulación, en este contexto, no es un accidente, sino una estrategia.
Machado, desde Venezuela, construye legitimidad al exigir respeto a la ley en un entorno adverso. En México, en cambio, se intenta construir legitimidad administrando la narrativa, reduciendo la crítica a una conspiración o a un acto de deslealtad.
El Nobel de la Paz para María Corina no es una anécdota lejana; es un recordatorio incómodo de lo que significa resistir y liderar en tiempos de crisis. Su reconocimiento muestra que la democracia no se mide en discursos grandilocuentes ni en auditorios repletos de aplausos, sino en la capacidad de enfrentar la adversidad con principios.
México tiene frente a sí ese espejo. El poder actual puede elegir entre continuar la ruta del autoelogio, la autopremiación y el aplauso organizado, o abrirse a la crítica, la rendición de cuentas y la autocrítica real. La diferencia no es menor: un país que se aplaude a sí mismo corre el riesgo de convertirse en una democracia vacía; uno que se mira en el espejo de la crítica puede construir una democracia auténtica. El contraste con la política mexicana es evidente: mientras en Venezuela una mujer arriesga su vida por la libertad, en México otra se rodea de palmas organizadas para celebrar sus propias decisiones.
La pregunta que debe plantearse la presidencia de Claudia Sheinbaum y la clase gobernante es clara: ¿qué clase de país queremos ser? ¿Uno que se pierde en el eco interminable de su propio aplauso y la simulación administrativa, o uno que se atreve a mirarse en el espejo incómodo de la crítica, asumiendo que el verdadero aplauso de la historia solo se recibe cuando la justicia y la legalidad dejan de ser la excepción? La mejor opinión, como siempre, la tiene usted.




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