Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez

Claudia Sheinbaum cumple su primer año en la Presidencia con un estilo que rompe moldes, le guste a propios o extraños. Durante la campaña, muchos analistas se preguntaban si su personalidad austera, su tono distante o su insistencia en hablar con datos y no con emociones serían suficientes para conectar con un electorado acostumbrado a líderes de discurso encendido. Un año después, la respuesta empieza a perfilarse: Sheinbaum no intenta ser “carismática”, intenta ser la política.

En un país donde históricamente se ha exigido a las mujeres que encajen en estereotipos de sensibilidad o cercanía maternal, Sheinbaum proyecta firmeza técnica más que simpatía populista. Para algunos, esa frialdad es un defecto; para otros, es la señal de que México comienza a juzgar a sus líderes por sus decisiones y no por su temperamento.

Este año también deja otra paradoja. Su gobierno presume un aumento del 10.2 % en inversión extranjera directa, el peso se mantiene fuerte y los indicadores macroeconómicos muestran resiliencia. Sin embargo, muchos mexicanos sienten que la transformación prometida no aterriza en sus bolsillos: la inflación y la falta de empleos bien remunerados erosionan cualquier discurso de estabilidad.

Así, este 1 de septiembre iniciará funciones una Suprema Corte inédita: nueve de sus once ministros llegan por voto popular. La reforma impulsada por Morena es presentada como un paso hacia la democratización de la justicia, un triunfo del “pueblo que ahora decide quién lo juzga”. Pero esta legitimidad democrática choca con una preocupación evidente: ¿puede un tribunal ser independiente si sus integrantes llegan con respaldo de partido y sin carrera judicial sólida? Algunos de los nuevos ministros ni siquiera habían litigado un juicio antes de postularse.

Además, la reforma deja un costo humano silencioso: más de 350 juzgadores y 700 trabajadores de confianza quedarán fuera, sin concursos de reubicación. El discurso de cercanía con el pueblo contrasta con la realidad de cientos de familias que, en nombre de la transformación judicial, pierden estabilidad de un plumazo.

Finalmente, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca reconfigura la agenda bilateral. Mientras él insiste en el discurso de mano dura contra los cárteles y en la posibilidad de enviar tropas, Sheinbaum rechaza de manera categórica cualquier despliegue extranjero en territorio nacional. El dilema es claro: si cede demasiado, será acusada de subordinación; si se resiste en exceso, corre el riesgo de represalias comerciales o diplomáticas. La presidenta intenta caminar en la cuerda floja: mostrar firmeza nacionalista hacia dentro, sin romper los canales pragmáticos hacia fuera.

El reto es enorme. Un paso en falso y México corre el riesgo de aparecer como rehén de los intereses de Washington o como un país incapaz de garantizar seguridad en su propio suelo. El país observa y juzga. La pregunta de fondo es si Sheinbaum pasará a la historia como la presidenta que normalizó la concentración de poder o como la política que, contra todo pronóstico, logró equilibrar las piezas.  www.migueljuris.com

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