Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Amigos, mientras en el corazón del Petén, Claudia Sheinbaum se mostraba como anfitriona de un proyecto histórico junto con Guatemala y Belice para proteger la selva maya y estrechar lazos en Centroamérica, al otro lado del mundo, Donald Trump se sentaba con Vladimir Putin en busca de reposicionarse como líder global. Dos escenarios distintos, pero reveladores: la mandataria mexicana proyectándose como referente regional y el presidente estadounidense delineando un nuevo orden mundial. Ambos mueven fichas en un tablero que, tarde o temprano, se encontrará en el terreno de la seguridad y la justicia.
No es casualidad que, mientras se celebraban acuerdos ambientales y promesas de expansión ferroviaria hacia el sur, Estados Unidos reforzaba su influencia en México con hechos concretos: la cancelación de cuentas bancarias de Manuel Bartlett, la entrega de 26 personas privadas de la libertad a la justicia norteamericana y vuelos de drones internacionales en Michoacán y el Estado de México. Tres señales contundentes: el control financiero, la cooperación judicial y la supervisión aérea. Todo esto ocurre bajo la narrativa de que en México “manda el pueblo”.
Entonces, conviene preguntarnos: ¿qué es el pueblo? ¿Un ente abstracto que valida cualquier decisión política? ¿Una masa homogénea con voluntad única? La 4T nos ha repetido hasta el cansancio que el pueblo es la fuente del poder y la justificación de cada acción de gobierno. Sin embargo, si asumimos que el pueblo manda, entonces el pueblo también es responsable de la corrupción que emana de sus dirigentes, de los excesos del hijo de un expresidente y de la incapacidad de frenar a los cárteles con la estrategia de “abrazos, no balazos”.
Aquí aparece una paradoja incómoda: si el pueblo quiere justicia y seguridad, como aseguran las encuestas y la voz social en las calles, entonces Claudia Sheinbaum no podrá seguir apostando solo al discurso nacionalista. Se convierte, más bien, en intermediaria entre la voluntad popular y la capacidad de Estados Unidos para actuar. Y si es cierto que el pueblo manda, la presidenta tendrá que aceptar que Washington imponga la línea frente al crimen organizado y la corrupción.
La política mexicana se encuentra, en una encrucijada. El liderazgo regional que Sheinbaum busca consolidar en Centroamérica puede darle un papel histórico, pero en el frente interno la realidad es otra: los cárteles siguen controlando territorios, la violencia no cede y la injerencia estadounidense se vuelve cada vez más evidente. Trump conversa con Putin para moldear el mundo; Sheinbaum conversa con Arévalo y Briceño para moldear Centroamérica. Sin embargo, en casa, los drones estadounidenses sobre Michoacán nos recuerdan que, en el terreno de la seguridad real, el liderazgo sigue en manos de Washington.
La cuestión es si la población aceptará una nueva etapa de la 4T, influida por Estados Unidos tras el fracaso de la estrategia de abrazos no balazos. Si el pueblo elige este rumbo, debe asumir que justicia y seguridad solo llegarán con intervención norteamericana. La mejor opinión, como siempre, la tienen ustedes, lectores. www.migueljuris.com




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