Por Ray Cárdenas
¿En qué se parecen el estado de Morelos y su situación actual al Zapata? Fácil: en que los dos andan errantes, desubicados y bonitos para la foto.
Nació —según cuentan— en 1979 y lo pusieron al norte de Cuernavaca, en la célebre glorieta de los seis huevos. Los que somos de aquí sabemos lo que eso significa: un sitio para posar, tomar la selfie y olvidarse del significado. Lo meten al paso exprés como quien guarda un libro en la repisa de “cosas que ya no nos preocupan”, y luego, en acto de redención retocada por relaciones públicas, lo trasladan a la plaza de armas. ¡Triunfo! Foto. Aplauso. ¿Cuidado? Pues no tanto.
La base donde lo plantaron es una colección de losas de piedra con supuesta carga cultural y política. ¿Documento explicativo? No. ¿Señalización? Tampoco. Resultado: un montón de escombros con placa, que es exactamente la metáfora perfecta de la administración pública local: mucha piedra, poca explicación; mucha pose, poca operación.
Y mientras la estatua viaja por el catálogo de “cosas que hacemos para que se vean bien en Instagram”, la economía real se queda bailando sin música. La partida de Nissan desató el sainete: visitas de dirigentes, cambios de sede de eventos, fotos en hotelitos y declaraciones en cadena de pasillo. Se nos prometió consuelo: “si perdieron la chamba, saquen sus dotes artísticas, que Amazon Prime hará series” —o algo así fue lo que se ofreció en la ventanita de PR. Gran consuelo para las más de 3,500 familias que ahora tienen que afinar más el machete que el currículum. ¿Ingenio cultural como política industrial? Suena bonito en un tuit; en la nómina suena a cuento.
La dirigencia pide “discreción” a sus filas mientras algún vocero confunde la modestia con el descaro: “no presuman que el pueblo es mugroso” —que viene a ser la nueva línea de comunicación política: si te señalan, niega, sonríe, toma la foto y cámbiate la corbata. Se organizan reuniones en Palacio, se toman café con gobernadores, se regalan sonrisas y títulos de “rutina de gabinete”. Luego vienen notas de prensa, gifs y todo queda como una crónica de bellezas: mucho movimiento, poca entrega.
Volvamos al Zapata de piedra: lo aventaron a la plaza para que la gente se tome la selfie patriótica. Lo rodean, lo chulean, le adornan el bronce con flores de utilería. Pero, ¿alguien le rinde tributo en acciones? ¿Hay políticas que honren su memoria y la justicia que encarnó? No. La estatua es hermosa para el lente, inútil para la gestión. Igual que muchas promesas: brillan en la inauguración, se apagan al segundo día.
Así que la respuesta es sí: Morelos y su Zapata comparten destino. Ambos son monumentos al descuido con buena iluminación. Ambos sirven para posar, no para proteger. Ambos, en su momento, reciben cortes de listón y discursos; después, quedan para el polvo y la nota de relleno.
¿Usted qué opina? Por acá, mejor póngase la gorra y cuide la cámara: aquí todo se arregla con foto y titulares; lo difícil —la chamba, la seguridad, la dignidad— sigue esperando a que alguien se acuerde de trabajar en serio.
Por Ray Cárdenas. (La estatua ya se dejó el sombrero en préstamo y el estado sigue esperando que alguien lo reclame.) PD en el instituto morelense de radio y televisión hay muchas flores pero ni una sola Margarita. Avísenme cuando hagan transmisiones oficiales dignas de ver y escuchar. Porque hasta el día de hoy puras vergüenzas





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