Por Carolina Ruiz Rodríguez *
Migrar es parte de nuestra esencia como humanidad. Desde nuestros orígenes nómadas hasta los desplazamientos contemporáneos, las personas han buscado mejores condiciones de vida. La migración no es un fenómeno nuevo ni marginal, sino una realidad tan antigua como el ser humano. Sin embargo, hoy más que nunca, migrar se ha convertido en una ruta llena de peligros, muerte, indiferencia y olvido.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, al año 2024 se contabilizaban más de 304 millones de personas viviendo fuera de su país de origen, lo que representa un 3.7% de la población mundial. Esta cifra habla por sí sola: la movilidad humana no es una excepción, es la regla de nuestra época globalizada. Lo que debería ser una decisión libre o una oportunidad, se ha convertido para millones en una necesidad desesperada y peligrosa.
Las cifras son estremecedoras. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 76 mil personas han muerto o desaparecido mientras intentaban cruzar fronteras entre 2014 y 2025. Aún más doloroso es saber que más de 30 mil de esos cuerpos jamás han sido recuperados. Son números estimados de una realidad aún más dolorosa, de personas, historias, familias destruidas, que se pierden sin registro alguno.
El año más trágico fue 2024, con 9 mil 192 migrantes muertos o desaparecidos. Le siguen el año 2023 con 8 mil 755 y el año 2016 con 8 mil 292.
De los registros anteriores del 2014 al 2025, 43 mil 531 migrantes han perdido la vida por ahogamiento. De esta cifra al menos 25 mil 240 personas han muerto en el llamado Mediterráneo central, entre Europa y África, ubicando a esta ruta migratoria como la más mortal del mundo. En el año 2025, hasta el 19 de julio, la cifra de migrantes muertos o desaparecidos en esta ruta, es de 867.
Pero este horror no es ajeno a nuestra región. La frontera entre México y Estados Unidos es, según la misma OIM, la ruta migratoria terrestre más peligrosa del mundo. Desde 2014, más de 11 mil migrantes han muerto o desaparecido en este tramo. Este 2025, hasta el 19 de julio, 244 personas han perdido la vida intentando alcanzar un futuro mejor en el vecino país del norte.
Es imposible no estremecerse ante estas cifras. Pero lo más alarmante es que muchas de estas muertes ocurren en medio del silencio, de la indiferencia institucional y del olvido colectivo. Las y los migrantes no solo enfrentan riesgos en el camino: también encuentran rechazo, xenofobia, persecución, criminalización y condiciones aún más precarias al llegar a su destino. ¿Qué clase de humanidad estamos construyendo si no somos capaces de garantizar lo más básico: el derecho a la vida y a la dignidad?
Desde el Congreso del Estado de Morelos, alzo la voz no solo como legisladora, sino como mujer, como mexicana comprometida con los derechos humanos. No podemos seguir viendo pasar estas tragedias como si no nos incumbieran. Porque sí nos incumben. Nos llaman a actuar desde lo local, lo nacional y lo internacional.
Tenemos que repensar nuestras políticas migratorias. Debemos abandonar la idea de “cerrar fronteras”, de expulsar migrantes, de contener a toda costa el flujo migratorio y avanzar hacia una migración ordenada, segura y, sobre todo, humana. México, como país de origen, tránsito y destino, trabaja de la mano de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, en su responsabilidad histórica de liderar un cambio de paradigma. Las vidas humanas no pueden ser parte del costo de ninguna negociación política o comercial.
Y desde lo local, desde nuestros estados, podemos hacer más. En Morelos, hemos presentado iniciativas, que esperemos pronto sean ley, para impulsar políticas públicas que garanticen atención médica, refugio temporal, orientación legal y acompañamiento para las personas migrantes que transitan por nuestro territorio. Pero también trabajamos para fortalecer las redes de solidaridad ciudadana que han demostrado ser mucho más humanas y eficientes que muchos gobiernos.
Migrar no debe ser una sentencia de muerte. Migrar debe seguir siendo lo que siempre fue: una búsqueda legítima de esperanza. La muerte de miles de personas en tránsito no puede seguir siendo una estadística más en los reportes anuales. Cada uno de ellos tenía un sueño, una historia, un rostro. Nos toca a nosotras y nosotros, como representantes del pueblo, convertir esa tragedia en acción, en ley, en justicia.
Que ninguna persona tenga que morir por buscar una vida mejor. Esa debe ser nuestra causa común.
* Presidenta de la Comisión de Atención a Personas Migrantes en el H Congreso del Estado de Morelos.





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