Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Amigas y amigos lectores, ¿se puede hablar de soberanía cuando la chequera está en manos ajenas? Esa es la cruda realidad que enfrenta México hoy, una verdad que el discurso oficial de la Cuarta Transformación, con su bandera de autonomía y no intervención, parece querer ignorar. La relación con Estados Unidos, siempre compleja y asimétrica, se redefine bajo la actual administración, y los acontecimientos recientes sugieren que la influencia del vecino del norte persiste y, en ocasiones, se acentúa, poniendo en el debate la verdadera naturaleza y límites de esa tan proclamada izquierda.
Más reveladora aún es la reciente reunión del embajador estadounidense con la presidenta, que incluyó un encuentro con empresarios americanos. La figura del embajador, con antecedentes en la CIA, no puede pasarse por alto. Históricamente, Estados Unidos ha utilizado sus representaciones diplomáticas y la promoción de intereses económicos como brazos de su política exterior, a menudo con implicaciones que van más allá de lo meramente comercial. Los aranceles impuestos por Estados Unidos a productos mexicanos, que empezarán este 1 de agosto, son una herramienta de presión recurrente y un recordatorio constante de la vulnerabilidad económica de México. Esta política, lejos de ser un acto aislado, se inscribe en un patrón de coerción comercial que Washington no duda en usar para influir en decisiones internas mexicanas.
Y si a esto le sumamos la recurrente presencia de aviones estadounidenses en territorio mexicano –a menudo con propósitos de seguridad o inteligencia– la percepción de una soberanía plena se diluye. Aunque inicialmente se intentó minimizar el hecho, el propio jefe del Comando Norte de EE. UU. admitió que estos vuelos de vigilancia buscan recabar información sobre los cárteles mexicanos. Esto levanta una pregunta crucial: ¿hasta qué punto se ejerce control sobre nuestro propio espacio aéreo, o se tolera una presencia que, en otras circunstancias, sería vista como una afrenta directa a la soberanía nacional?
Y la joya de la corona que exhibe esta contradicción es la situación de Pemex. La millonaria deuda con proveedores, especialmente con empresas estadounidenses, no es un mero asunto contable. Es una espada de Damocles que pende sobre nuestra soberanía energética. Cuando el Consejo de Fuerza Laboral y Tecnología Energética de EE. UU. (EWTC) eleva quejas formales a la presidenta por pagos pendientes, no solo busca el cobro, sino que ejerce una presión directa que fuerza al gobierno mexicano a inyectar miles de millones de dólares para saldar estas deudas. ¿Se puede hablar de control sobre nuestros recursos energéticos cuando la dependencia de capital y servicios extranjeros es tan palpable que dicta las acciones de nuestra empresa estatal más importante?
Aquellos que aún se aferran a la narrativa de la “justicia social” como el eje central de esta administración deben abrir los ojos: no hay justicia social que valga sin una economía sana y sin una verdadera autonomía. Mientras la soberanía de la nación se ve comprometida y la deuda exterior crece, los que deberían defenderla parecen vivir en una realidad paralela: el reciente viaje del hijo del expresidente y actual secretario de Morena a un lujoso hotel de Tokio, con habitaciones que superan los 9,000 pesos por noche, es un crudo recordatorio de que los responsables de esta hipoteca parecen no sentir el peso de sus decisiones.
La verdadera prueba para la 4T no radica en su retórica, sino en su capacidad para enfrentar la cruda realidad de una soberanía comprometida por el endeudamiento y la dependencia, y dejar de eludir la responsabilidad con fantasmas del pasado. El reloj avanza, y la factura de la inacción y la fantasía ideológica se paga en el presente. Espero sus comentarios. migueljuris@proton.me




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