A la memoria de mi gran amigo, Jesús Quaas.
Por: JUAN LAGUNAS
Juicio apodíctico: el sufrimiento -apesadumbrado- es recurrente: la angustia. La niebla cae. Nínive, presente: tu ausencia refrenda la convulsión de la imagen sobre la memoria; ésta, según Pierre Michon, es una yuxtaposición de minucia y audacia. Retorno al descaro: la finitud del universo.
La esquina anodina desaparece. Una enramada envuelve la tarde a través de una palabra: “falleció”. Entonces, el recuerdo se impuso: estrato somático. Estría de figuración (horizonte vacío, que llueve en los ojos).
Voraz. La intensidad del no denuedo determina la producción de agonía. El alma -desde la aurora superflua- quiere desprenderse; me veo en otro; que no es; que fui… Que no podrá ser.
No he sido feliz. La instantaneidad es barrizal de éter, donde la colmena de la aglutinación extiende el desvarío. Cada madrugada (alrededor de las 3:45), la necesidad de sepultar la voluntad; es decir: resistencia autoexhortativa.
Del tremedal, a la marisma. Del desencanto, a los parlamentos impertinentes. El hablante habitual suele generar fastidio; sus palabras, disgusto. Insistencia: el momento no perdura; en cuanto se suscita, expira. O, en la germinación, desaparece (quedándose en la extensión del arqueo).
En “Mañana lenta”, Dámaso Alonso expresa:
Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.
La parra del aedo es física clásica: tiempo continuo; flujo incesante… medición. Empero, en términos cuánticos, la aleatoriedad se hace neblina. Así lo determina el Principio de Incertidumbre: no existe la precisión en los centímetros. El desentendimiento (como una tumba abandonada) es titubeo. Una escala indivisible. Aquél sigue:
Y tú, mañana, que me llevas.
carreta
demasiado lenta,
carreta demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar —sin darme cuenta—
seca.
El marchitamiento progresa en la mente. En “El 49” (comunidad de no emancipación; tierra o presencia innecesaria), conocí la amargura. Qué inútil es mi cuerpo. No sirvo de nada. Si muero, nadie estaría en torno al féretro. Extraño a mi amigo, quien me cuidó en los lapsos de oscuridad. Arregló (con elastómero) las ruedas de un auto de juguete. Asimismo, desarmó unas butacas en el cine, convirtiéndolas en mecedoras, para permitir el balanceo suave de la nube de su amistad. Espérame…





Dejar un comentario