Por: JUAN LAGUNAS

La primera vez que lo vi, en mis manos. Sin que lo supieras, se quedó ahí por un tiempo indeterminado (desde la capa ectodérmica, el lanugo y el bulbo piloso). Se enredó en los dedos, que buscaban otra oquedad: la contravención infinitesimal. Eres inapreciable, por ende…

Esos hilvanes queratinizados crecían entre la pared: buganvilia perdurable (en donde ya no estaré; ni la tarde de lluvia). La invaginación de células basales recorrió mis piernas; no había separación; los lindes, tu incienso: el apogeo del cansancio. Me obligabas a repetir. Te quedaste -de perfil- en el momento detenido (en quietud fija, convulsiva).

El preámbulo, los gránulos de tricohialina. Siempre abundaba el miedo ante el vaticinio del polímetro. La seda me atrae. No había necesidad del vector de la penetración; empero, ésta, inevitable (como un signo sobreentendido). 

Hebras de exordio. Sobre ellas se deslizó mi interior. Di un giro en la base de la nada: tú. Son escarceo de amargura y desaliento: inutilidad: mesénquima. En “Mar de día”, Paz expresa:

Mar de día

por un cabello solo

parte sus blancas venas,

su dulce pecho bronco,

y muestra labios verdes,

frenéticos, nupciales,

la espuma deslumbrada.

El núcleo germinativo, el origen de la impaciencia. Alguien te quiso sustituir… Imposible. Nadie posee un aliento suspendido como el tuyo: la voz, en silencio. Cuando no hablas, decodificas el paladar del pecho desplomado. Deambulas. Eres sólo un nombre de nueve palabras (otrora, cuatro. ¿O tres?). Sé mentir (y me muero). Al fin, aféresis. No existe el cariño. Por encima, la ansiedad de la incursión a la caverna oscura -oscilante-. En “Suelta el cabello al Céfiro travieso”, Bartolomé de Argensola es incauto:

(…)

para que recompense, Cintia, un rato

de los muchos que usurpa el aparato

que le añade, no gracia, sino peso.

Necesito una cerda. Nada más. Ya sé que, tras su enredo, la desesperación se va a tornar sistémica (en desorden). Anímate. Quédate esta noche conmigo, en la melancolía de la oscuridad. Asómate a la ventana cerrada: se ve el horizonte lacrado de adobes. Lope de Vega desencanta:

Con nuevos lazos, como el mismo Apolo,

hallé en cabello a mi Lucinda un día,

tan hermosa, que al cielo parecía

en la risa del alba, abriendo el polo.

Olvídame. Regresa al ascenso de la porfía (la resonancia enemistada con la luna). Sigo vacío de palabras. He acabado con la insistencia. En contaste, te sigues sumergiendo en la exacción del alboroto.

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