Por Ray Cárdenas

¿Qué le hace falta al estado de Morelos?

La pregunta no es nueva, pero hoy vuelve a hacerse urgente. Y para contestarla, permítame llevarlo a distintos escenarios que, aunque aparentemente desconectados, comparten un mismo origen: la pérdida —o la confusión— de nuestra identidad morelense.

Hace unos días, la Secretaría de Cultura del estado lanzó un festival de cine, en colaboración con la Secretaría de Turismo. Un evento interesante, sin duda. Cultural, visual, atractivo. Promete proyectar a Morelos más allá de sus fronteras. Sin embargo, la iniciativa trae consigo una serie de preguntas incómodas que vale la pena no ignorar.

Porque cuando hablamos de representar al estado en el mundo, lo que está en juego no es solo imagen, sino esencia. Y esa esencia, la identidad que nos define, ha sido lastimada una y otra vez en los últimos doce años.

Recordemos: los dos gobiernos anteriores estuvieron encabezados por personajes ajenos a esta tierra. Primero, Graco Ramírez, paisano de otro sureste, con raíces en Tabasco. Luego, Cuauhtémoc Blanco, futbolista eterno, nacido en la colonia Morelos de la capital del país. Ambos, con proyectos personales pero sin comprensión profunda del alma de este estado.

No se trata de nacer aquí para ser digno de gobernar. Se trata de sentir esta tierra. De entenderla. De vivirla. Muchos morelenses por adopción lo han demostrado con creces. Pero cuando los liderazgos se rodean de creativos o voceros que no saben lo que representa subir a Tepoztlán más allá de la foto con aroma a pachulí, o que ven Cuernavaca solo como lugar de descanso y no como ciudad herida y resiliente, entonces algo falla.

¿Qué Morelos están vendiendo al exterior? ¿El de Galerías, Averanda y Tabachines? ¿El Tepoztlán de Tim Burton, convertido en escaparate cultural a diario? ¿Ese Morelos “de catálogo”, reducido a escenario sin historia ni conflicto?

Nuestro estado tiene 36 municipios, todos con alma propia. Pero afuera —y a veces, adentro— seguimos siendo percibidos como una colonia extendida de la CDMX. La narrativa turística oficial, si no se cuida, corre el riesgo de repetir los mismos estereotipos. De borrar nuestras raíces para imponer una versión embellecida, superficial, que responde más a intereses que a identidad.

La mención de nombres como Tatiana Clouthier y otros actores vinculados a la planeación creativa de estos proyectos no es gratuita. Es importante preguntarnos quién piensa Morelos, quién lo sueña, y con qué intención. ¿Estamos ante un compromiso genuino con la promoción de la riqueza cultural del estado? ¿O ante un ejercicio de imagen vacío, encabezado por apellidos altisonantes que podrían haber salido de una novela de Emilio Larrosa?

Y es que hay líneas que no deberían cruzarse. La comunicación institucional no puede ser tributo al capricho ni premio al arrebato. ¿Confiaríamos la imagen de Cuernavaca a una agencia o figura que en un impulso recomendó no vivir aquí? ¿Dejaríamos en sus manos el relato de nuestra historia? No se trata de celos, sino de principios.

Hoy, Morelos tiene al frente del gobierno a una mujer con orígenes, con trayectoria, y —esperamos— con sentido de pertenencia. Su papel debe ir más allá del protocolo: tiene la responsabilidad histórica de ser congruente. De cuidar que la narrativa estatal refleje al Morelos real, profundo, ancestral. A ese que cada mañana se levanta, aunque lo pisoteen. A ese que resiste. A ese que, como Zapata, no negocia su dignidad.

Porque sí: Zapata sigue aquí. No como ícono decorativo en paredes de oficina, sino como símbolo de lucha diaria. De dignidad campesina. De resistencia contra los discursos prefabricados. Zapata no es moda. Zapata es raíz.

Y por nuestras venas corre su espíritu. Somos morelenses, les guste o no. Y a quien represente esta tierra, le exigimos una sola cosa: respeto a nuestra esencia.

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