“Es fácil morir por una mujer; lo difícil es vivir con ella”: Lord Byron.
JUAN LAGUNAS
En La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares narra las vicisitudes de un prófugo, que se enamora (distrae la pava) de Faustine (mujer virtual; cenobita). Sobre esa línea descendente está el ser. Su alma deambula sin asirse a nada (dentro del Dasein, de Heiddeger).
No me redimas de la angustia, Señor. Das y quitas. Sumerges mi cuerpo en el precipicio del desconsuelo… Y levantas las piernas sin mí. Fui blasfemo por 40 años. Estuve muerto (en la deriva de la otredad, junto a ella, que dejó un beso ausente aquí).
Nada sirve en este hemisferio. Lacan define al significante como algo superfluo. Es la necesidad de la sobredeterminación multívoca: augurio de codicia… vaticinio de incredulidad. Althusser expuso, en el vislumbre de su especificidad, que la transferencia del concepto es un empréstito no ortodoxo. Disiento. Tus cabellos -inextricables- en mis pies no son ineludibles.
No llego ni a asceta yermo. La amargura surge no sé de dónde. Se hacina en el tiempo (presente). Ahí instaura su morada de artífice. No sabe lo que origina (por lo pronto, atenúa la pandiculación). Decanta. Preconiza la complacencia del abandono. Entonces, las pretensiones de distancia expanden el barullo: ensueño, hambre, ira, llanto, aislamiento, onomatopeya, impaciencia… Falsedad.
En “Todo es verdad”, Walt Whitman metaforiza:
Oh yo, hombre de fe débil por tanto tiempo!
Manteniéndome distante, negando porciones por tanto tiempo;
solo consciente hoy de la verdad compacta y difundida;
descubriendo hoy que no hay mentira ni forma de mentira, ni puede haberla,
sino que crece tan inevitablemente sobre sí misma como la verdad sobre
sí misma,
o como cualquier ley de la tierra, o cualquier producción natural de la tierra (…)
He visto mis pasos sobre el mar y, cuando subyace la duda o el parpadeo, me anego. Perdóname, Dios. Soy polvo indiferente al aire. Éste pasa de lado; no me mira ni habla. La nube gris, lejos. Los ojos de ese descenso (en el callejón que desemboca en el osario de plazuela) agonizaron. Jamás vieron la sombra de la tarde (sobre la lava de calzada). ¿En dónde insufló la extenuación?: la sordera y la psoriasis; la hiposensibilización y el lamento continuo. La ola (en 2007) era batiente detenido; hoja en bromuro. El aedo sigue:
(Esto es curioso, y puede que no se comprenda de inmediato; pero debe
comprenderse;
siento en mí mismo que represento falsedades igual que el resto,
y que el universo las representa).
No muestro afecto. Esparzo iridiscencia oscilante: hoy y mañana. Anteayer y en este momento -instantáneamente- sucedido. Los brazos delgados volvieron a envolver mi hombro (no sentí ternura). Su decaimiento arrebujó los bártulos. Así quedé: afuera del espacio ocupado.




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