Por Ray Cárdenas
¿Cuántos modelos existen en una misma sociedad? ¿Cuántas realidades coexisten bajo una misma bandera estatal? La respuesta es simple y brutal: tantas como percepciones haya. Y en Morelos, la percepción ha dejado de ser romántica para convertirse en un espejo roto donde cada quien ve fragmentado su propio reflejo.
Déjeme se lo cuento como se vive: desde el centro del país, en el corazón sur del mapa nacional, la luna de miel entre los ciudadanos y el gobierno estatal parece haber terminado. Lo que comenzó como una promesa de transformación democrática, como una bocanada de aire fresco tras el mandato de Cuauhtémoc Blanco, hoy se siente como una flor que no floreció. La margarita del optimismo se ha ido deshojando pétalo a pétalo, no por falta de voluntad, sino porque –hay que decirlo con claridad– no todos jalan parejo.
La gobernadora se muestra cercana. Eso es innegable. Pero una cosa es cercanía y otra muy distinta es eficacia. A un año de su gestión, las carencias que arrastramos desde el pasado sexenio siguen ahí, sin maquillaje posible. La Secretaría de Movilidad y Transporte sigue siendo el talón de Aquiles; la seguridad, un dolor de cabeza que no cesa. La narrativa oficial nos dice que Morelos está en la segunda posición nacional en mejora gubernamental. ¿En serio? Basta caminar por el centro de Cuernavaca o por las colonias marginadas para entender que esa película no se proyecta en todos los cines. Aquí, la cartelera diaria es otra: asaltos, miedo, desconfianza, desempleo, desilusión.
Los boletines de prensa y los hashtags no bastan. Las redes sociales pueden pintar un Morelos de ensueño, pero el visitante que pisa tierra lo ve distinto. El empresario lo vive con otras cifras. El ciudadano de a pie –ese que no tiene escolta, ni fuero, ni privilegios– lo sufre con una seguridad que no llega y con un transporte que no avanza. Y sí, la pregunta se vuelve obligada: ¿es este el Morelos que nos prometieron?
Hay un Morelos desde Galerías y otro desde la periferia. Hay un Morelos desde la oficina con aire acondicionado y otro desde la banqueta caliente de quien vende nieves en el zócalo. Hay un Morelos que se narra en entrevistas, y otro que se llora en velorios. El verdadero Morelos está lleno de ausencias, no de aplausos.
Y mientras los boletines insisten en que “vamos bien”, la realidad ruge lo contrario. Las calles están manchadas, no solo de sangre, sino de esperanzas truncadas. Y aunque la cercanía de la gobernadora es reconocida por muchos sectores, ya no basta el apapacho. Se necesitan resultados.
A un año de haber asumido el poder, ya no hay pretextos. Ya no es campaña, ni luna de miel. Es gobierno. Y gobernar implica tomar decisiones, hacer ajustes, corregir rumbos. Lo que se necesita hoy no son más discursos, sino acciones visibles: obras que se toquen, avances que se midan, seguridad que se respire.
Porque de seguir así, lo único que crecerá en Morelos será el desencanto. Y eso sí no tiene hashtag que lo salve.
P.D.: Esto no es violencia política de género. Esto es una crítica legítima a una realidad innegable. Porque la esperanza también exige cuentas. Porque el respeto a la ciudadanía también se construye con resultados.




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