JUAN LAGUNAS
En neuropsiquiatría, hay un fenómeno: rigidez cognitiva: dificultad de adaptarse a nuevos esquemas epistemológicos. En la banalidad, existen las ganas de morirse… De quedarse impasible en el subsuelo, sin bramido.
Cuando la puerta entreabre la desolación, el aire de amargura invade el pensamiento deplorable… De nostalgia. La presunción es necedad. Quien anuncia su partida es petulante. Si muestra sintomatología, engreimiento. Si se pone un revólver en la sien, pedantería. El silencio, un distintivo indemne de efugio.
En aislamiento o convención, el árbol marchito, sin tallo, retorna a la cepa: el desamparo de la reprimenda. Ésta decae en el réspice del habla deshabitada, donde la Semántica no tiene utensilios de lógica. No hay morfema, ni sufijos. Si acaso, la ansiedad de la desaparición. Me separo, estando dentro. La ausencia… Sólo Dios reasenta. Por más que suplique, mi voluntad es impureza. Soy peor que basura. Y, al escribirlo, reafirmo la inaudita vanidad de mi temperamento: anatema.
Veo un callejón. El líquido acuoso y salado, sobre mis pies (adoloridos; corren…). Unos se anegan en el noviciado; otros, en la falsedad (frondosidad de imaginación aparente). El camino espacioso, ataviado. No se puede recorrer. Las hojas aguosas de la sierra esconden bejines tenebrosos. ¿Será cierto lo que dijo Flaubert, con excesiva simplicidad, que, si los gobernantes de su tiempo hubieran leído “La educación sentimental”, la guerra franco-prusiana jamás se habría producido?
Detrás del resuello, el recipiente antropoide -con seis lados-, sin tapa, para exhibir los huesos. El “estío de ceniza”, según Miguel Hernández. Bajo esa línea contrahecha, sobreabunda el relente del desvelo inaguantable: tus brazos. En “El jardín solariego”, de Silvia Plath, se lee:
Las fuentes resecas, las rosas terminan.
Incienso de muerte. Tu día se acerca (…).
Y tú vas cruzando la hora de los peces (…).
Esta vida no ofrece nada agradable. Los papeles, sobre el estante, son un vaticinio de insensatez. Somos negligencia. La poetisa continúa:
Brezo hirsuto heredas, élitros de abeja,
dos suicidios, lobos penates,
horas negras. Estrellas duras
que amarilleando van ya cielo arriba.
La autora se frustró (como solemos); nunca pudo aislarse de la malandanza interna. No localizó el paraje resonante de la pena. Así ando: en el escarmiento del río seco. Alguien ampara… Me libra del cuerpo de muerte.
Por consiguiente, en “Lorelei”, despliega -aún más- la desgracia:
No es noche ésta de ahogarse:
luna llena, reacio
río bajo luz suave,
acuosas nieblas bajan
tupidas como redes
cuyos dueños reposan (…).





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