Por Ray Cárdenas
Tras las recientes elecciones del Poder Judicial en Morelos, el panorama se ha reconfigurado no solo en lo institucional, sino también en lo comunicacional. Muchos nombres han emergido de la sombra técnica del Derecho para convertirse, casi de la noche a la mañana, en figuras mediáticas, líderes de opinión jurídica e incluso en “nuevas voces de la ciudadanía”. Algunos de ellos —valga reconocerlo— son talentos auténticos, expertos que por años se mantuvieron resguardados entre libros, foros académicos y litigios de alto nivel. Su irrupción en la esfera pública era necesaria, incluso saludable para la vida democrática.
Pero no todo es virtud en esta nueva camada de voceros. Resulta que ahora, quienes hasta hace apenas unas semanas buscaban desesperadamente un cargo, hoy se autoproclaman defensores del pueblo. Aquellos que no lograron una silla en el Consejo o en algún tribunal ahora levantan la voz con una vehemencia que raya en lo farsesco. ¿Dónde estaban cuando pudieron cambiar las cosas desde adentro? ¿Qué los detuvo de alzar la voz cuando tenían el respaldo institucional para hacerlo?
Este fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más cínico. Se ha vuelto costumbre que los “no elegidos” se reciclen en críticos furibundos, amparados por una presunta moral superior. Las redes sociales se convierten en su tribunal y la ciudadanía, en su bandera más rentable. Sin embargo, no se puede ocultar el oportunismo bajo la alfombra del discurso ciudadano. La crítica debe ser bienvenida, pero también debe venir acompañada de coherencia, trayectoria y congruencia.
Y mientras eso ocurre en las alturas del discurso jurídico y político, abajo, en la calle, la realidad de Morelos y de muchos de sus municipios es más cruda. La ciudadanía, en muchos casos, tampoco está a la altura del reclamo que exige. Critican las inundaciones, pero siguen arrojando basura a las calles. Llaman abuso al retiro de coches abandonados, pero claman por seguridad. Reportan puntos de alcoholímetro no por civismo, sino para evadir responsabilidad. El discurso cívico se ha contaminado de ignorancia, burla y desinterés.
Estamos jodidos, sí. Pero no solo por los políticos o por las instituciones. Estamos jodidos por una cultura cívica ausente, por una participación social que solo se activa cuando hay pleito en redes o beneficios personales en juego. Y, sin embargo, hay excepciones que vale la pena destacar: municipios donde se trabaja sin pretextos, sin mirar hacia atrás, sin culpar todo el tiempo al pasado. Donde se construye, se gestiona y se avanza, aunque sea poco a poco.
A nivel estatal, el panorama hacia 2030 está cambiando de forma acelerada. Nuevos rostros emergen, candidaturas inesperadas se perfilan, y el juego de la sucesión ya empezó. En Cuernavaca, se dice con fuerza que “va una mujer”, pero no basta con cubrir la cuota de género. Ahora hay que convencer, gobernar y rendir cuentas. Y en eso, estamos muy lejos de lograr una política de paridad con sustancia.
Morelos ha vivido sexenios grises, ausentes. Hoy, aunque se afirma que estamos en los primeros lugares de desempeño gubernamental, habría que tomar esos rankings con cautela. Superar a estados como Yucatán, Aguascalientes o incluso Nuevo León y Jalisco —con todo y sus contradicciones— es una afirmación que merece más datos, no solo discursos.
Por ahora, en Morelos apenas estamos arrancando. El reto no es menor: construir una ciudadanía crítica, no solo reactiva; una clase política con memoria, no con amnesia selectiva. Y sobre todo, dejar de hacer de cada elección, una función más del circo, maroma y teatro que tanto nos ha hundido.




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