Por Ray Cárdenas
Este 7 de junio, de manera frívola, una vez más se festeja, se conmemora, se rinde homenaje a muchos de los que dedicaron su vida a este noble oficio de informar. Un oficio que, al mismo tiempo, es tan criticado por una sociedad que, cuando le conviene, acepta lo que se dice, pero cuando no, simplemente exige “a lo güey”.
La libertad de expresión es considerada por los políticos como un ataque, pero al mismo tiempo les es indispensable para difundir lo que están haciendo. Y al final de cuentas, comunicar sus acciones es su obligación.
La libertad de expresión se ha vuelto un lujo en un país donde quienes ejercemos este oficio no tenemos prestaciones. Donde quienes dedicamos nuestra vida, nuestro tiempo y esfuerzo a lo que sucede a nuestro alrededor, somos juzgados por una sociedad que, cuando le conviene, nos llama, nos pide favores, nos solicita atención para difundir lo que le interesa. Pero esa misma sociedad no ha terminado de entender que hay cosas que sí vale la pena publicar en redes, y otras que simplemente no están siguiendo el camino correcto para la denuncia.
Se habla mucho de libertad de expresión. Esa misma libertad que, al final, es tan juzgada. Insisto: todos deberían tener la obligación de publicar lo que la ciudadanía expresa. Pero también hay que entender que las denuncias deben hacerse ante la autoridad correspondiente. Muchos creen que por postear algo en redes sociales, automáticamente la autoridad está obligada a atenderlo. Y quizá tengan razón… pero en el pedir está el dar.
Aquí es donde muchos saltarán y dirán: “¡Es su obligación atendernos!”. Y sí, pero también hay canales para hacer denuncias formales. ¿De qué sirve decir que hay inundaciones si seguimos tirando basura? La autoridad puede barrer, pero si la gente sigue ensuciando, ¿de qué sirve?
¿Dónde está la libertad de expresión cuando uno denuncia al gobierno y este responde con bloqueo o censura? Qué ironía que hoy se conmemore la libertad de expresión, cuando la misma presidenta, en sus años mozos, la ejercía para exigirle al gobierno en turno que atendiera las demandas de un pueblo estudiantil.
Y hoy, esa misma presidenta pretende —y ya se nos olvidó—, en una postura agachona, coartar esa libertad. Hace apenas unas semanas envió una iniciativa para bajar páginas de internet, restringir comentarios y sancionar a quien se atreviera a criticar a la autoridad. ¿Dónde está, entonces, realmente, la libertad de expresión?
Los reconocimientos son bonitos… para la hora de las pérdidas. Vemos a compañeros periodistas sufrir por carecer de lo más indispensable: seguridad social, respeto a su actividad. Es fácil decir que la prensa es eso que vemos todos los días, pero olvidamos que todos los días también se arriesga la vida por informar.
¿Cuántos periodistas han muerto en el ejercicio de su labor? ¿Cuántos de esos casos han recibido justicia? ¿Qué apoyos existen más allá de convenios de publicidad?
Hoy hay que decirlo con todas sus letras, y no culpo a los jóvenes y nuevos creadores que prefieren tomar un teléfono, pararse frente a él y generar contenido. ¿Por qué no habrían de hacerlo si el periodismo cada día está más sometido? ¿Cómo no habrían de hacerlo si en TikTok, YouTube o Facebook pueden hablar libremente… hasta que la autoridad los detenga?
Mucho tienen que pensar quienes forman a los futuros comunicadores. Actualícense o mueran. El periodismo lo exige desde hace tiempo. Una cosa es el convenio; otra, la línea editorial.
Y asociaciones, ¡pónganse las pilas! Porque los reconocimientos no alimentan a las familias, no ayudan en la enfermedad y, lo peor, solo dejan a la libertad de expresión como un simple día para conmemorar, pero no para vivirla.
Hago esto, lo escribo y lo comparto en pleno uso de mi libertad de expresión. Pero más allá de todo, lo hago con la responsabilidad que implica ejercerla. Vaya en esta columna, la felicitación y reconocimiento a nuestro editor que simple y sencillamente protegerse. Algo que lo tiene muy bien aprendido. La libertad de expresar, de comunicar y de ser reconocido. Enhorabuena. Gran carrera. Tienes por delante, mi querido Alberto, un gran México que hay que informar.




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