Por Ray Cárdenas

En el marco del Poder Judicial, usted seguramente los ha visto: son muchos los aspirantes a ocupar los cargos de jueces, magistrados y, obviamente, de integrantes del Poder Judicial Federal. 

Aquí me atrevo a dividirlos en tres escenarios. Mire usted: 

Primero, están los que llegaron de relleno. Los que no tienen la mínima capacidad ni experiencia, pero que fueron propuestos porque había que cumplir con la ley y con la convocatoria. Aunque no sepan absolutamente nada. 

Después, llegan aquellos con pasado político. Los que ya fueron algo y que ahora ven en este proceso una nueva oportunidad. Si bien es cierto que todo esto se basa en el derecho a votar y ser votado, llama la atención cómo esta clase política participa sabiendo que tiene algo que los demás no: maniobrabilidad, experiencia en campañas, capacidad para mover votantes. 

Y no está mal. Pero llama la atención cómo se aplaude que un político busque ingresar al Poder Judicial, mientras que si alguien del Poder Judicial busca un cargo de elección popular, es juzgado y señalado. Se le ve como intruso en un terreno exclusivo de la clase política. 

Vivimos en un México donde el político puede convertirse en comunicador, informar y opinar libremente bajo el amparo del artículo 7° de la Constitución. Pero si un comunicador aspira a un cargo público, la sociedad le responde: “Zapatero a tus zapatos”. Aunque tenga ese mismo derecho de votar y ser votado. 

El pasado político pesa. Se nota, se refleja, se explota en este proceso. Aun con antecedentes cuestionables, muchos llegan apadrinados, buscando espacios donde lo único que harán es cumplir compromisos. Recordemos: “Hay que pagar para llegar, y al llegar, hay que robar para corresponder”. 

Finalmente, están los de verdad. Los que sí tienen el conocimiento, la experiencia, la madurez y la capacidad para desempeñarse con honorabilidad. Aquellos que participan con convicción en esta reforma al Poder Judicial. 

Pero también vemos contrastes. Algunos candidatos hicieron su mejor esfuerzo, aunque sabían a lo que se enfrentaban. Otros, en cambio, dejaron mucho que desear. Hay quienes dieron la cara con honorabilidad y capacidad académica. Y hay otros que uno se pregunta: “¿De dónde sacaron tanto dinero? ¿Cómo le hicieron?” Más que parecer honestos, pecaron de ostentosos, y eso puso en duda su verdadera intención. 

¿Y el INE? Poco se puede decir. Parecen los menos interesados en que esto salga bien. A días del proceso, no han informado dónde estarán ubicadas las casillas, cuántas boletas se usarán, ni cómo se organizará la votación. Se espera, según las mismas autoridades, una participación del 10%. 

¿Qué le hacemos, querido auditorio? Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. 

Confíe en los personajes que le den buena espina, que hayan dado la cara, que no tengan pasado político y sí gran capacidad jurídica. Porque serán ellos los que lo representen. Esa es la única, cruel y verdadera realidad de este proceso. 

Busque a su candidato, créale, y exíjale que tenga las manos limpias. Porque ellos serán los juzgadores. Y nosotros, los justiciables. 

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