Por Ray Cárdenas
La gran herencia política de Andrés Manuel López Obrador no fue una transformación, sino una fractura. Ya lo he mencionado antes: solíamos ser un país más unido. Hoy, los mexicanos estamos profundamente divididos.
¿Por qué? Muy simple: el presidente que vino de un sueño que tardó 18 años en consolidar, al final desapareció del escenario público sin rendir cuentas. Esa ausencia confirma que las utopías, por sí solas, no construyen nada. No se puede comparar a AMLO con otros líderes mundiales que mantuvieron su humildad aún con el poder. Nuestro expresidente dejó un legado: un país partido entre chairos y fifís.
Los fifís son “malos” porque, según la narrativa oficial, son el producto de la corrupción, del privilegio y del dinero. Mientras tanto, ser chairo es sinónimo de tener la razón. El presidente te apoya, la presidenta está contigo, los gobiernos están de tu lado. Todos son enemigos… menos los que están con Morena.
Y esta polarización me llama aún más la atención ahora que la nueva presidenta ha planteado medidas que atentan contra la libertad de expresión —un derecho constitucional. Muchos ciudadanos, movidos por rencor y animadversión hacia la prensa, celebraron la posible censura sin comprender que, en una democracia, la censura nos afecta a todos. A todos los que aportamos algo. Porque quienes sólo critican sin construir, también son parte del problema.
Paradójicamente, cuando los medios informan sobre alertas Amber, donaciones de sangre, servicios sociales o denuncias ciudadanas, son considerados aliados. Pero cuando señalan los errores del gobierno —que es su deber—, de inmediato son tachados de “chayoteros”. ¿Y saben qué es el chayote? Es el pago por callar verdades o por alabar logros que, en realidad, son obligación de cualquier funcionario.
Sí, los medios también son negocios. Viven de convenios y espacios publicitarios. No todo es gratuito como se cree en la llamada Cuarta Transformación, donde hay apoyos y becas para todo. Eso no estaría mal si el dinero saliera del bolsillo de los funcionarios. Pero no: es dinero del pueblo.
Muchos aún creen que fue el presidente quien les dio la beca o el apoyo. No fue así. Fue el gobierno, y los gobiernos anteriores también lo hacían. La diferencia es que López Obrador lo convirtió en moneda de cambio: para comprar votos, conciencias, fidelidades
No importa cuántos errores se cometan: mientras se repartan apoyos cada dos meses, todo se justifica. No importa cuán desastroso esté el país: el dinero apaga las críticas. Y si alguien lo señala, es atacado por el mismo pueblo.
Así estamos: perdiendo el bastión más importante de defensa ciudadana, la libertad de expresión. Y lo peor: el propio pueblo es quien lo permite… y lo aplaude.
Dicen que no nos parecemos a Venezuela. Ok. Sigan creyendo que no. Pero la historia está ahí. Recordemos que el PRI, a pesar de sus abusos, entregó el poder en un ejercicio de alternancia. Zedillo se lo dio a Fox. Morena, en apenas seis años, ha desmantelado instituciones que tardaron décadas en construirse.
¿A qué le tiras, México, con tus sueños, cuando tu peor enemigo es otro mexicano? Y más aún, cuando ese mexicano justifica su ignorancia con la protección de un partido al que no sirve como ciudadano… sino como mascota. Y no lo digo yo. Lo dijo el propio presidente.




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