JUAN LAGUNAS P. 

El hábitat de los escritores liberales es una intencionalidad de signos, que se plasma en la hoja (como el paraje de impudicia). El ser, en su lubricidad, ultima, envidia, simula… Otorga; nunca cede (aun, en componenda). 

Hay versos sin palabras. Mar desunido, sin rompientes, que se propaga en el desierto. Olvido. Desvanecimiento. Insuficiencia. Ésta es penuria, que, en la depresión del vate, se vuelve ceguedad (soltura dolorosa: descenso de insignias): 

El arrepentimiento de la nulidad: adentrarse en el reniego. El segundo martes de febrero de 2013, la subsistencia eterna. Ese día, como una nube en el árbol seco, las letras (en hélice) decantaron el atardecer: eres tú, en la nada. Dentro de la descomposición de las condenaciones somáticas: palidez predestinada: fascinación insidiosa.  

Empero, la ineptitud, de antemano, eleva el descontento. La concentración, frente a la muerte negra, es enfado. Bonifaz Nuño lo expresa: 

Hoja al aire, indefensa, detenida 

apenas, única en el árbol 

enrojecido y respirante; ojo 

sobresaltado, abierto, lúcido: 

en el temor mi corazón. Asfixia, 

duermevela con fantasma inminente. 

El corazón se sitúa en los ojos; éstos, en el útero; salen… Impresionan, como los de “Very Nice”, la mujer del entresijo. Guarda silencio en la distancia. Y se acerca… Tiembla. Voltea al poema: 

Deshabitado el traje suspendido, 

suena con un temblor de piel que busca 

su bestia desollada, su materia 

de bestia próxima pudriéndose. 

Oh, muerta, muerta, muerta. 

Clarea ante el descampado. Busco fonemas en el recebo. El pañuelo se desliza entre tus manos níveas, plegadas… ¿El pliegue? Acá: 

Ineficaz del todo fue la sábana 

subida hasta la nuca; 

fija por nuca y manos, escudando 

de la noche agresora y sus viscosos 

jirones; y sucumben la garganta, 

y los flancos y el vientre 

sin armazón de hueso que los guarde. 

Gabriele D’Annunzio abrevia la malicia: “El pasado no es inmutable, es solo una ilusión que construimos en nuestra mente”. 

Cuando me acomodo encima de la sombra, ésta se retira y desconoce el brote de la desorientación sibilina del descuido.  

Aquél (en mí) culmina: 

Ahora bien: ¿Soy este que se calla? 

¿Soy el que gime lejos? ¿El que viene 

soy, el que va saliendo, el que se queda? 

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